LA OBRA QUE ALGUNOS NO QUERÍAN VER (PERO MILES SÍ NECESITABAN)
La apertura del paso a desnivel Colosio–Solidaridad marca un cambio tangible para la movilidad del Poniente de Hermosillo. Esta segunda entrega responde a las críticas surgidas por la entrega anterior para poner el debate en sus verdaderas dimensiones.
El paso a desnivel de los bulevares Colosio y Solidaridad comenzó a operar este domingo, marcando un hito para la movilidad del Poniente de Hermosillo. Esta columna —se escribió antes de la inauguración formal— es la segunda parte del análisis iniciado la semana pasada. Y lo es por una razón clara: la discusión generada por aquella entrega fue amplia, intensa y, en muchos casos, profundamente crítica. Varias de esas objeciones merecen una respuesta directa porque ayudan a poner en contexto un debate que, por momentos, se cargó más de víscera que de datos.
La frase que se repitió una y otra vez —“esta obra no era prioritaria”— se convirtió en el eje de la polémica. Y sí, es una postura respetable. Pero también es una postura incompleta si se ignora el peso real que este crucero ha tenido durante años sobre la vida cotidiana de decenas de miles de hermosillenses. Los embotellamientos crónicos, los tiempos de traslado que podían duplicarse sin aviso y el alto índice de accidentes son hechos documentados, no narrativas oficiales. Este paso a desnivel no nace del capricho ni de la necesidad de presumir concreto: nace de una problemática que llevaba más de una década pidiendo solución.
Varias voces señalaron que había “cosas más importantes” antes que construir esta obra. El argumento suena contundente, pero tropieza con una realidad que suele olvidarse: la movilidad también es una prioridad. No es solo tráfico; es productividad, seguridad y calidad de vida. Las ciudades modernas invierten en infraestructura vial por la misma razón que invierten en servicios públicos: porque ambas inciden directamente en el bienestar colectivo. Plantear una falsa disyuntiva entre movilidad y otros rubros es simplificar un debate que merece más rigor.
Otro de los cuestionamientos fue que la obra “beneficia a unos cuantos”. Esta crítica desconoce la magnitud del flujo que atraviesa ese punto, el nodo con mayor aforo vehicular de toda la ciudad. Quienes viven o trabajan en el Poniente saben lo que implicaba ese crucero: pérdida de tiempo, estrés acumulado y una sensación de abandono que se volvió parte del paisaje urbano. Para ese sector —uno de los de mayor crecimiento poblacional— esta obra sí es prioritaria. No es un privilegio; es la corrección de un rezago histórico.
También hubo quien reprochó que la obra se entregó “a las carreras”. Esa percepción es comprensible, pero ignora el contexto operativo: los tiempos de terminación estaban vinculados al programa de obra, no a la agenda política. Habrá quien quiera ver cálculo electoral en todo; es el signo de los tiempos. Pero este texto —y la discusión que lo acompaña— busca regresar al terreno donde las obras públicas se evalúan por su impacto social, no por la sospecha automática.
Conviene insistir en algo que pasó desapercibido entre el ruido: esta obra no compite con otras prioridades. No cancela programas sociales, no sustituye inversión en seguridad y no desplaza recursos que debieran ir a servicios básicos. La idea de que “si se hizo esto, no se hizo aquello” es tentadora para el debate político, pero rara vez corresponde a la lógica presupuestal. Las ciudades no avanzan de una prioridad por año; avanzan cuando pueden atender varios frentes sin dejar de lado sus rezagos estructurales.
Esta segunda entrega no pretende convertir la obra en sagrada ni blindar a la autoridad de la crítica —faltaba más—. Pero sí intenta ordenar una discusión que se dispersó con facilidad entre exageraciones, lugares comunes y juicios rápidos. El paso a desnivel no resolverá todos los problemas de Hermosillo, pero sí atenúa uno de los dolores de cabeza más persistentes para miles de habitantes del Poniente. Eso, en términos de política pública, es un avance claro.
Si algo reveló la reacción a la primera columna es que la ciudad está atenta y dispuesta a discutir su futuro. Bienvenido el debate. Pero más bienvenidas las discusiones basadas en hechos, y no en inercias discursivas. Porque al final, más allá del ruido, lo que empieza a transformarse desde hoy son los trayectos, los tiempos y la experiencia cotidiana de quienes dependen de esa ruta.
Y eso, más que cualquier polémica, es lo que realmente importa.
Por hoy fue todo, gracias por su tolerancia y hasta la próxima

