EL FAVORITO QUE CARGA CON SU PROPIO LASTRE
La cercanía de Javier Lamarque Cano con la presidenta Claudia Sheinbaum lo coloca entre los aspirantes más visibles rumbo a 2027. Sin embargo, los problemas acumulados en Cajeme y su limitado posicionamiento estatal plantean una pregunta incómoda: ¿alcanzará el respaldo político para compensar los resultados de gobierno? Durante la última semana no hubo personaje político más mencionado en Sonora que Javier Lamarque Cano.
La licencia que solicitó para separarse temporalmente de la presidencia municipal de Cajeme detonó una avalancha de comentarios, análisis, especulaciones y posicionamientos. En cualquier medición de presencia mediática, el alcalde con licencia habría ganado por amplio margen.
Pero existe un detalle que merece atención: ser el político más mencionado no significa necesariamente ser el más respaldado.
La conversación pública que se generó alrededor de Lamarque estuvo lejos de ser una lluvia de aplausos. Por el contrario, una parte considerable de las opiniones se concentró en cuestionar sus resultados como alcalde, sus posibilidades reales de convertirse en candidato a gobernador y la conveniencia de abandonar temporalmente un municipio que sigue enfrentando problemas estructurales.
Y ahí es donde comienza el verdadero dilema.
Pocos pueden discutir que Javier Lamarque es uno de los fundadores históricos de Morena en Sonora. Cuando el partido apenas era una expresión marginal y ganar elecciones parecía una fantasía, él ya estaba ahí. Fue candidato a gobernador en 2015, cuando Morena apenas alcanzó porcentajes testimoniales de votación. Mientras otros llegaron después del triunfo, Lamarque estuvo desde los tiempos de la siembra.
Ese capital político tiene valor.
También es innegable que mantiene una relación cercana con la presidenta Claudia Sheinbaum. Dentro y fuera de Morena son frecuentes las versiones que lo ubican entre los perfiles mejor vistos desde el centro del país para la sucesión sonorense de 2027.
En términos futbolísticos, Lamarque podría presumir que estuvo en el equipo cuando jugaba en tercera división y que conserva una relación directa con la dueña de la franquicia.
El problema es que las gubernaturas no se ganan únicamente con credenciales históricas.
También cuentan los resultados.
Y es precisamente ahí donde aparecen las preguntas incómodas.
Si Cajeme fuera hoy un municipio modelo en seguridad, servicios públicos, infraestructura urbana y calidad de vida, Lamarque estaría recorriendo el estado con una carta de presentación difícil de refutar.
Pero la realidad es otra.
Ciudad Obregón continúa apareciendo recurrentemente en las estadísticas nacionales de violencia. Los problemas de pavimentación, drenaje, alumbrado y mantenimiento urbano siguen formando parte de las quejas cotidianas de los ciudadanos. La percepción de inseguridad continúa siendo elevada.
No se trata de afirmar que todos esos problemas sean responsabilidad exclusiva de Lamarque. Sería injusto y simplista. Muchos vienen arrastrándose desde hace años e incluso décadas.
Sin embargo, tampoco puede ignorarse que después de tres periodos como alcalde, resulta inevitable que los electores asocien esos resultados con su gestión.
La pregunta que muchos sonorenses comienzan a formularse es sencilla:
Si no ha logrado transformar Cajeme, ¿por qué habría de transformar Sonora?
A ello se suma otro factor político.
Mientras otros aspirantes han construido estructuras estatales durante años, Lamarque sigue siendo un personaje cuya fortaleza principal se concentra en el Valle del Yaqui. Su nivel de conocimiento disminuye considerablemente conforme se aleja de esa región.
Por eso la licencia adquiere tanta relevancia.
Más que una pausa administrativa, representa una carrera contra reloj para posicionarse en territorios donde todavía no posee niveles de reconocimiento comparables a los de otros competidores.
Tampoco parece ayudarle la percepción de una relación distante con sectores cercanos al gobernador Alfonso Durazo. Aunque públicamente prevalece la institucionalidad, las versiones sobre diferencias políticas llevan tiempo circulando en los corrillos del poder sonorense.
Y en una elección interna de Morena, nadie debería subestimar el peso de esas relaciones.
Por supuesto, sus simpatizantes presentan una lectura distinta. Argumentan que la lealtad, la perseverancia y la cercanía con el proyecto nacional de la Cuarta Transformación constituyen activos políticos suficientes para competir con éxito.
Javier Lamarque llega a la antesala de la sucesión con ventajas que muchos de sus adversarios envidiarían: una larga militancia en Morena, cercanía con la Presidenta y un lugar privilegiado en la narrativa fundacional del movimiento. Pero también carga una mochila cada vez más pesada de cuestionamientos sobre seguridad, servicios públicos y resultados de gobierno. La batalla que inicia no será para demostrar que es el favorito. Esa condición ya se la reconocen propios y extraños. La verdadera prueba consistirá en convencer a los sonorenses de que el lastre que hoy arrastra no terminará hundiendo sus aspiraciones mañana.
Por hoy fue todo.
Gracias por su tolerancia y hasta la próxima

