EL BUENO, EL MALO Y LA FEA
Durazo reparte absoluciones, Colosio acumula desplantes y Célida dispara declaraciones. En este western sonorense, el tesoro no está enterrado: está en el presupuesto público.
Confieso, sin el menor remordimiento, que el título de esta columna es un descarado plagio de El bueno, el malo y el feo, aquella obra maestra del cine estrenada en 1966, dirigida por el legendario italiano Sergio Leone, considerada la máxima expresión del spaghetti western y que terminó de convertir a Clint Eastwood en un icono mundial.
Nuestra versión, sin embargo, no transcurre entre pistoleros, desiertos y buscadores de fortunas, sino en el no menos pintoresco escenario de la política sonorense, donde abundan los pistoleros de lengua fácil, los duelos de egos y los buscadores de presupuestos.
El bueno es, aunque usted no lo crea, el gobernador Alfonso Durazo Montaño, quien acaba de protagonizar una escena digna de las Sagradas Escrituras.
Recordemos aquel pasaje en que Jesucristo, frente a una muchedumbre dispuesta a lapidar a una mujer pecadora, pronunció la célebre sentencia: “El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”.
Pues bien, nuestro gobernador, convertido circunstancialmente en una especie de Jesucristo de Bavispe, salió en defensa del exalcalde Manuel Ignacio Maloro Acosta, después de que Célida López exigiera que pidiera perdón a los hermosillenses.
Con solemnidad pontificia, sin asomo de sorna y prácticamente repartiendo indulgencias plenarias, Durazo sentenció:
“Tenemos derecho a reconsiderar nuestros errores; tenemos derecho a reinventarnos y, sobre todo, a nadie se le debe negar el derecho de dar vuelta a la página”.
¡Aleluya! ¡Habemus redentor!
Y aunque el gobernador añadió que semejante absolución exige un comportamiento futuro apegado a las expectativas ciudadanas, el mensaje quedó clarísimo: en política también existe la redención. Especialmente cuando el pecador termina encontrando acomodo en las filas convenientes.
El malo es Luis Donaldo Colosio Riojas, mejor conocido como Colosito, quien parece empeñado en demostrar que heredar un apellido ilustre no garantiza heredar el carisma, la prudencia, la cortesía ni el talento político.
El no tan joven senador, que coquetea con la posibilidad de gobernar Sonora, ha exhibido frente a periodistas sonorenses desplantes que recuerdan más a un patán de barrio que a un aspirante a estadista.
Su actitud de perdonavidas resulta particularmente irritante cuando habla de Sonora, entidad que pretende gobernar y sobre la cual hasta su propia vinculación de origen suscita interrogantes.
Porque, aunque Colosito fue registrado en Sonora, existen versiones que sitúan su nacimiento en el entonces Distrito Federal, e incluso se habla de un documento médico que apuntaría en esa dirección. Un asunto que, lejos de estar esclarecido, merece algo más que la repetición de una biografía oficial.
Pero, aun concediéndole el beneficio de la duda sobre su lugar de nacimiento, hay algo que no admite discusión: su carrera política la construyó fuera de Sonora.
Y una cosa es llevar Sonora en el corazón, otra traerla en el acta de nacimiento y otra muy distinta pretender que cualquiera de las dos circunstancias constituye un título de propiedad sobre el Palacio de Gobierno.
Colosito debería recordar que los apellidos abren puertas, pero no necesariamente despiertan simpatías. Mucho menos cuando se confunde la arrogancia con el carácter.
Y la fea, finalmente, es Célida López Cárdenas, recientemente ungida mediante uno de esos ingeniosos artilugios que Morena y sus compinches inventaron para disfrazar candidaturas anticipadas con nombres tan rebuscados que parecen diseñados para darle atole con el dedo al INE.
Aclaremos, antes de que aparezcan los inquisidores de la corrección política y me acusen de “violencia de género”, que lo de “fea” obedece exclusivamente al título cinematográfico. No alude a su apariencia física. Por el contrario, Célida es una mujer agraciada. Lo verdaderamente feo fue su desafortunada declaración.
Porque exigirle públicamente perdón al Maloro, precisamente cuando el gobernador predica reconciliación y segundas oportunidades, constituye una demostración de esa extraordinaria habilidad que tienen ciertos políticos para dispararse en el pie mientras creen estar apuntando al adversario.
Y lo más divertido es que Durazo, sin levantar la voz ni mencionar siquiera la conveniencia de guardar silencio, terminó propinándole a su correligionaria un elegante coscorrón político.
En esta versión sonorense del clásico de Leone, el bueno reparte perdones, el malo reparte desplantes y la fea reparte declaraciones imprudentes.
Pero hay una diferencia fundamental con aquella película: en el western original, los protagonistas perseguían un tesoro enterrado.
Aquí todos saben perfectamente dónde está el tesoro.
En el presupuesto público.
Por hoy fue todo. Gracias por su tolerancia y hasta la próxima.

