Por Daniel López Aguilar e Israel Campos Mondragón/Foto: Yasmín Ortega Cortés
Poco antes de la crucifixión, una recomendación recorrió el espacio y ordenó el gesto: quitarse sombreros, gorras, paraguas. Sobre la tierra del Cerro de la Estrella, la multitud se volvió un cuerpo detenido, expectante. El sol ya no sólo caía: pesaba.
La indicación se acató casi de inmediato. Los espectadores quedaron descubiertos frente a la cruz, bajo la luz dura de la tarde, como si ese acto mínimo limpiara el ruido y dejara sólo lo esencial: la mirada fija, el silencio compartido, el peso de la escena suspendido en el aire. Así cerró la jornada de Viernes Santo en Iztapalapa.
La alcaldesa Aleida Alavez informó que hoy acudieron 2 millones 200 mil personas, con saldo blanco. El año pasado se registraron alrededor de un millón 385 mil asistentes. Para la organización se destinaron 22 millones de pesos. En total, durante toda la Semana Santa se contabilizaron 2 millones 848 mil 690 personas. Al final, dijo que “Iztapalapa cumplió con el mundo”.
El Viacrucis, reconocido como patrimonio cultural inmaterial por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, por sus siglas en inglés), había comenzado con una hora de retraso. Mientras tanto, en el “huerto”, fieles y curiosos formaron largas filas para ver de cerca al protagonista, detenido aún en la casa de ensayos. Algunos levantaron el celular; otros, simplemente observaron. Había en ese gesto una necesidad de atestiguar, de guardar algo que después sería irrepetible.
En las calles, los nazarenos cargaron sus cruces con una obstinación que no se explicaba sólo desde la tradición. Eran maderos largos, pesados, desproporcionados. “El tamaño refleja el peso del pecado”, se escuchó entre vecinos. El sol y el asfalto hicieron su parte: pies lastimados, cuerpos al límite, pausas breves que no se convirtieron en abandono.
La procesión avanzó así, sostenida tanto por la devoción como por la resistencia. A la par, la representación convivió con una cotidianidad que no se suspendió. El olor a comal caliente acompañó el trayecto. En los alrededores del jardín Cuitláhuac, las quesadillas de masa azul y los tlacoyos se vendieron a 30 pesos, mientras en pequeñas charolas aparecieron grillos, tiras de tamarindo, tarugos y chitos.
La oferta iba de los 19 a los 40 pesos y convertía el recorrido en una feria improvisada. Entre el fervor, circularon también micheladas servidas con discreción, pese a la ley seca. El calor obligó a improvisar sombra: gorras y sombreros cambiaron de manos entre 50 y 200 pesos, como si fueran otra forma de resistencia.
En medio de ese flujo, los romanos intentaron contener lo incontenible. Hubo empujones, discusiones breves, jaloneos. Algunos espectadores se acercaron demasiado para capturar una imagen de Jesús; los soldados respondieron con gritos, con el gesto firme de quien protege la representación. Por instantes, la escenificación se fracturó y dejó ver la tensión entre el ritual y la urgencia de registrarlo todo. Luego, el orden regresó y la historia continuó.
Más arriba, en el cerro, el ritmo cambió. Algunos nazarenos se adelantaron para evitar la aglomeración. Cristian, conocido como El Mocho, había llegado desde las cinco de la mañana. Cargó una cruz de 140 kilos y recorrió los ocho barrios. “Lo hice para agradecer, es una tradición en mi familia”, dijo a La Jornada sin detenerse, con la voz marcada por el cansancio. A su alrededor, otros tropezaron, se detuvieron, retomaron el paso. Cada uno cargó algo más que madera.
“No hubo papel pequeño”
Entre los participantes, la experiencia también se vivió como una aspiración. Rodrigo Emiliano Peralta Buendía, de 14 años, lo manifestó con claridad: “no hubo papel pequeño”. Había interpretado a uno de los hebreos días antes y soñaba con encarnar al ángel Gabriel. Para él, lo más importante fue recorrer los ocho barrios y encontrarse con vecinos y amigos entre el público.
En lo alto, la jornada adquirió otro tono. Familias enteras hicieron pícnic mientras la procesión avanzaba: sandías locas, mangos preparados, hamacas tendidas entre árboles. El momento osciló entre lo solemne y lo cotidiano, entre la contemplación y la pausa. Incluso los caballos de la policía, ajenos al dramatismo, irrumpieron con su presencia inevitable; su excremento quedó sobre la tierra y arrancó reacciones inmediatas entre los asistentes. Más adelante, algunos jóvenes jugaron a combinar los nombres de Pilatos y Barrabás para bromear entre ellos.
Para quienes interpretaron los papeles centrales, la experiencia desbordó lo escénico. Érika Morales Hernández, quien interpretó a María, señaló que “no se trató de actuar, sino de sentirlo y sostener ese dolor por dentro”. En su mirada baja, en su andar lento, se condensó una tristeza que no necesitó exagerarse.
Arnulfo Eduardo Morales Galicia, el Jesús de esta edición, asumió el papel como una carga que fue más allá de lo físico. “Uno entrena el cuerpo, pero lo más difícil fue llevar lo que pasa por dentro; hubo momentos en los que la emoción rebasó todo”. Para él, el encuentro con María concentró una intensidad que no se ensayó del todo: ocurrió.
Cuando la cruz se levantó, todo quedó en silencio. Iztapalapa se transformó. Ya no hubo pregones ni risas, ni el ir y venir de los vendedores. Sólo esa quietud espesa que precedió al desenlace. La multitud, descubierta, miró hacia lo alto. Y en ese gesto, repetido miles de veces, la jornada se consumó.
TOMADO DE JORNADA.COM.MX

