El Zancudo/Arturo Soto Munguia

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El Zancudo/Arturo Soto Munguia

 

FUTBOL Y POLÍTICA

“El gol, aunque sea un golcito, resulta siempre gooooooooooooooooooooooool en la garganta de los relatores de radio, un do de pecho capaz de dejar a Caruso mudo para siempre, y la multitud delira y el estadio se olvida de que es de cemento y se desprende de la tierra y se va al aire”, escribe Eduardo Galeano en el capítulo “El gol” (el orgasmo del fútbol), del imprescindible libro “El fútbol a sol y sombra”.

El mérito de esta obra no reside solo en el rescate de los momentos más icónicos de los campeonatos mundiales y de sus personajes más idolatrados, sino en el mar de anécdotas que ilustran cómo a través de la historia el fútbol redefine la noción de patria, cohesiona y divide a los pueblos en el sufrimiento de las guerras que han cambiado incesantemente el mapa de Europa desde el siglo pasado y lo siguen haciendo.

Es una oda al heroísmo personal y colectivo (todos los jugadores del Dínamo de Kiev fueron fusilados cuando los nazis invadieron ucrania y los retaron a un partido que deberían perder para salvar sus vidas, y decidieron ganarles a los soldados alemanes); también es una crítica despiadada al mercantilismo salvaje de la FIFA, a las corruptelas y el tráfico de influencias que brotan como hongos en la humedad de un negocio global billonario, asociado siempre a la geopolítica.

El Mundial 2026, que por primera vez tiene como sede a tres países (México, EEUU y Canadá) no es la excepción. La selección iraní, que jugará sus tres partidos de la primera fase en Los Ángeles y Seattle, debe pernoctar en Tijuana porque el gobierno norteamericano se ha puesto especialmente rigorista con el tema de las visas, acaso porque suponen que entre la delegación persa podría colarse algún musulmán que (hipérbole incluida) haga volar en pedazos el estadio.

Rusia no viene al mundial porque la FIFA mantiene una sanción irrevocable, derivada de su invasión a Ucrania; Francia y España llegan con selecciones que integran jugadores de origen africano y que profesan el islamismo, lo que en sus países ha reavivado la llama xenofóbica; Estados Unidos, con todo y su multiculturalidad, llega al mundial en medio de una relación política bastante tensa con México, equipo al que podría enfrentarse si se dan algunas combinaciones de resultados en sus respectivos grupos, y un partido entre ambas escuadras, ya sea en México o en EEUU prendería todos los fuegos de los nacionalismos recalcitrantes, que los hay.

II

Durante los 39 días que dure el Mundial, en México se hablará de goles y de frijoles, de pozoles y de paroles; la justa mundialista despertará a todos los ingenieros en fútbol con posgrado en política, elevará los estadios por los aires insuflados por el grito de “goooooooooooooooool” y drenará el río de lágrimas que ya hizo cauce de un siglo, pero que en 2014 dejó bien clara la ruta cuando Robben se tiró un clavado con alto grado de dificultad, dejándonos fuera del quinto partido y enjugando el llanto entre sollozos porque “no era penal”.

El gobierno mexicano, que sabía con mucha anticipación del compromiso por la organización del Mundial, se hizo ‘chombito’ con las obras de infraestructura para facilitar la recepción de más de un millón de visitantes y está pasando tragos gordos para solventar el reto.

Por si fuera poco, tiene en las calles a miles de manifestantes que no quieren goles sino frijoles, alegoría válida para sintetizar las demandas de la CNTE, de las madres buscadoras (acaso la estampa más terrible de un país lleno de muertos y desaparecidos), de productores agropecuarios y hasta del sospechoso ‘bloque negro’ que también hizo su desmadrito ayer antes de la inauguración.

La presidenta Claudia Sheinbaum declinó asistir al partido inaugural y apenas hizo bien. Eso de arriesgar su 789 mil por ciento de popularidad que le brindan las encuestas, habría sido suicida en un estadio pletórico de gente dispuesta a gastarse un mínimo de cien mil pesos por cabeza para asistir al estadio, aunque esa lana venga de la desmesurada condescendencia con los más ricos del pueblo.

Tampoco le iba a servir la mesa a un Ricardo Salinas Pliego, el magnate barbaján que en el estadio recibió algunos gritos de “Presidente-Presidente”, pero que afuera recibió otros de “Allí va la perrita de Trump”.

Sheinbaum se fue a un espacio controlado, ataviada con la playera de la selección nacional y celebró los goles de México con los que venció dos a cero a la de Sudáfrica en un performance muy forzado, poque Claudia es de las que siguen pensando que el fútbol es, como la religión, el opio de los pueblos, pero ahora es presidenta de la República y no aquella activista ochentera que salía a las calles para corear a todo pulmón el “no queremos goles, queremos frijoles”.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, Claudia habría de recordar aquella tarde remota en que su padrino la llevó a descubrir no el hielo, sino el asombroso valor nutritivo de los frijoles con arroz, equiparable al de la carne, y la sanidad espiritual del pueblo bueno que brincotea agitando el lábaro patrio cuando el defensa sudafricano la caga y provoca un pase para que Quiñónez, el tercer sonorense en la Selección Nacional, clave el primer gol para México.

El tercero, digo, porque los otros dos son Johan Vázquez, del meritito Navojoa, y César Montes, que de Hermosillo tenía que ser para hacerse expulsar de la manera más estúpida teniendo el juego ganado y con un hombre menos en el equipo rival. Quiñónez, todo mundo lo sabe, también es de Hermosillo, más específicamente de La Cañada de los Negros, emblemático barrio popular de la capital sonorense.

Vaya, tuve que explicarle a mi esposa que ese no fue un autogol, sino que Quiñónez es tan mexicano que fue el único que se puso la camiseta corriendo la milla hasta en labores de defensa.

Afuera del estadio, un wey mostraba una cartulina con la leyenda: “Mandela, tu equipo nos la pela”.

Y uno puede preguntarse, con Juan Gabriel como fuente primigenia, “¿Pero qué necesidad, para qué tanto problema?”, pero eso llevaría a negar todo lo antes expuesto, porque el Mundial es eso: la pasión, el exceso, la fe, la esperanza, la promesa, el deseo, el derrumbe de las fronteras y la personal propuesta de cómo deberían ser, si no fuera porque la FIFA ya escaló al grado de poder metaconstitucional y lo mismo establece reglas para hacer sonar su caja registradora, que obligar a líderes políticos aldeanos a ponerse una camiseta que en condiciones normales jamás vestirían y, si pudieran, la cambiarían por una de cualquier equipo de beisbol o de futbol americano, sobre todo en Sonora, donde en general y asumiendo excepciones a la regla, el fútbol sigue siendo el deporte de los pobres que marcaban la calle con dos pedazos de ladrillo para meter entre ellos la pelota y correr brincoteando después, celebrando el gol.

Llámenme amargado, pero la selección no mostró nada. Le ganó a un equipo que le regaló al Tala Rangel un día de campo, porque si alguna vez llegaron fue para mecerle la hamaca en la que dormía plácidamente.

Vamos a ver cómo le va a México en su partido con Corea del Sur, que le ganó a la República Checa, que trae bastantes pedos existenciales, precisamente por lo que decía Galeano a propósito de las identidades nacionales.

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