SAN ALFONSO REDENTOR
Misteriosos son los caminos de la política, que de vez en vez se cruzan con los de la fe y nos regalan joyas como las que ayer mostró el gobernador Alfonso Durazo, súbitamente encarnado en cordero de dios que quita los pecados del mundo.
No contento con casi sudar agua bendita -según sus propios dichos para tomar distancia de presuntos líos en su situación migratoria, achacados por sus malquerientes- este santo varón de Bavispe convirtió por un momento el podio de su conferencia semanal en púlpito expiatorio de pecados, otorgador de indulgencias y brindador de segundas oportunidades para cualquiera que busque el perdón y se comprometa a corregir el rumbo tomando la senda de la cuarta transformación, que quizá no ofrezca la vida eterna, pero sí al menos un lugar en el lado correcto de la historia.
Inquirido que fue sobre los dichos de la locuaz coordinadora de la 4T en Hermosillo, Célida López, en el sentido de que el nuevo aliado del claudiobradorismo en Sonora, Manuel Ignacio “El Maloro” Acosta tendría que pedir perdón a los hermosillenses por lo hecho, lo no hecho y lo mal hecho durante su paso por la administración municipal capitalina en el trienio 2015-2018, Alfonso Durazo confeccionó una perla discursiva que vale la pena rescatar íntegra para dejarla inscrita en piedra por los siglos de los siglos, amén.
“Todos cometemos errores, todos, absolutamente todos deberíamos de pedir perdón por una razón o por otra, pero al mismo tiempo todos tenemos derecho a reinventarnos. Yo tuve necesidad, producto de mi conciencia, de reinventarme políticamente después del asesinato de Luis Donaldo Colosio; tuve necesidad de reinventarme políticamente después de mi renuncia a Los Pinos con Vicente Fox, de quien como millones de mexicanas y mexicanos creí que impulsaría una transformación de fondo en nuestro país; que deveras conseguiríamos con él en la presidencia una transición auténticamente democrática, y lamentablemente no sucedió. Reconozco mi error, tomo la decisión de renunciar al poder, y reconsidero y me sumo al proyecto de Andrés Manuel (López Obrador) buscando que mi esfuerzo contribuyera a impulsar un cambio de fondo en el país. Por supuesto que hemos avanzado mucho en ese sentido, y lo que yo decía en alguna de mis participaciones en la semana, es que en la política no hay línea recta; la carrera política es usualmente muy sinuosa, tenemos derecho a reconsiderar nuestros errores, tenemos derecho a reinventarnos, y sobre todo, a nadie se le debe negar el derecho de dar vuelta a la página, a condición de que su desempeño futuro sea apegado a lo que la gente espera de un político o un servidor público”.
¡Tómala!
Las palabras del primer mandatario tienen un especial significado en el contexto político actual donde la cuarta transformación transita momentos complicados a partir de la designación de sus coordinadores estatales y municipales (todavía faltan los distritales), procesos en los que participan no solamente los morenistas, sino una miríada de personajes de laya variopinta y filiaciones previas no necesariamente concordante con los postulados del claudiobradorismo, y en ocasiones, abiertamente confrontadas con los mismos.
La propia Célida López, convocante al perdón malorista, proviene del ala más conservadora del panismo, y momentos hubo -documentadamente- en que fustigó con inusual saña al mismísimo López Obrador, a cuya doctrina es hoy convenientemente conversa, al grado de que el pasado lunes declaró que Hermosillo no es una ciudad conservadora, sino progresista, y aun así, su experiencia la pone hoy en condiciones de entablar diálogos con todas las corrientes, con todas las iglesias y con todas las personas.
Claramente, ya se reinventó y ya le dio vuelta a la página, aunque no son pocos los que están esperando con ansias locas la imagen de la hoy coordinadora municipal con Wendy Briseño, declarada en rebeldía a partir de la designación directa de la ex alcaldesa, a la que no traga así se envuelva en la bandera arcoíris y se tire de la antena más alta del cerro de La Campana en un acto de fe neomorenista.
Lo cierto es que el gobernador llegó de muy buen ánimo a su conferencia semanal, acaso porque la exportación ganadera está repuntando notablemente después de dos cierres fronterizos por el tema del gusano barrenador, y ya van 30 mil becerros que cruzan sin visa a los EEUU, a razón de mil 300 diarios; acaso por la disminución del índice de delitos de alto impacto en Sonora, acaso porque ya está en puerta la Feria del Libro Sonora 2026 que se llevará a cabo del 14 al 22 de noviembre próximos y que anticipa varias sorpresas.
Temas importantes, sin duda, pero la aguerrida raza de la pluma y la libreta (en realidad ya nadie trae ni pluma ni libreta, solo sus smartphones) no dejó pasar la oportunidad de preguntarle sobre las recientes declaraciones de Luis Donaldo Colosio Riojas, virtual candidato a la gubernatura por MC, quien en un desplante de suficiencia retadora advirtió que vendría a recorrer Sonora y que “le cale a quien le cale” iría a Bavispe, nada menos que el solar natal de Alfonso Durazo.
Sereno, el gobernador le recordó que si algo aprendió en su trabajo como colaborador de su padre, fueron las buenas maneras en el ejercicio de la política. A Durazo le pusieron una ‘bobita’ -como se dice en la jerga beisbolera para aludir a una bola fácil de batear- y la sacó del cuadro.
Palabras más, palabras menos, le sugirió que era buena idea visitar Sonora, no solo el bulevar Kino en Hermosillo y los paradisiacos paisajes de San Carlos, sino que debería aprovechar, ya que ande por Bavispe, para conocer Bacerac, Huachinera, El Coyote, Bacadéhuachi, Nácori Chico, la Mesa de Tres Ríos…
Nomás le faltó decir que lo llevaran ‘a Papuchi”, viejo chiste con el que la maledicencia sonorense solía burlarse de don Rodolfo Félix Valdés cuando fue enviado por el viejo PRI como candidato a gobernador en 1985, después de pasar la mayor parte de su vida en el centro del país.
Para quienes no conocen el chiste, cuentan que al entonces candidato lo llevaron a una larga gira por la sierra y, ya muy cansado, le dijo a su equipo que no podía visitar otro pueblo, por lo que uno de sus asistentes se ofreció para llevarlo ‘apapuchi’, un regionalismo usado para describir la forma en que una persona carga a otra montada sobre sus espaldas.
No, dijo el entonces candidato, ese pueblo lo visitamos mañana…
Eso, desde luego, no sucedió, pero era una forma de resistencia cultural contra el desarraigo de un candidato impuesto desde el centro del país.
II
Hasta aquí la dejamos, poniendo atención en un par de cosas -de las muchas que están pasando en México- a las que no se debe despegar la mirada.
Una, el caso Nuevo León, donde se tambalea la coordinación estatal de Morena en manos de Clara Luz Flores, por la rebelión de los aspirantes inconformes, especialmente la de Tatiana Clouthier. Una chispa que puede incendiar la pradera en otros estados.
Otra, la movilización del personal del sistema de salud, señaladamente del IMSS, cuyas demandas no son solo sindicales, sino que ponen en el centro de la discusión las muy cuestionadas políticas de salud pública en el país. Ojo con eso.
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