En Opinión/Mtro. Jesús Antonio García Ramírez

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En Opinión/Mtro. Jesús Antonio García Ramírez

 

LA ORFANDAD DEL CONTRAPESO: SOBRE LA CRISIS DE REPRESENTACIÓN DE LA OPOSICIÓN EN SONORA

 

Consideraciones previas

La política no se define solo por el acto fundacional, sino por su refrendo.

El acto del World Trade Center pudo haber sido leído como un evento protocolario de presentación. Dejó de serlo cuando, días después, la Coordinadora por Sonora refrendó la unidad y el proyecto en una reunión plenaria con la totalidad de los aspirantes, con un respaldo explícito, orgánico y disciplinado del Partido Morena.

Ahí se selló lo que en politología denominamos cohesión política sólida. No fue un pacto para la foto. Fue un pacto para la custodia de un proyecto de 30 años que requiere estabilidad en una gubernatura de tres.

Morena mostró dos tiempos que la oposición no ha mostrado en tres años: primero, la capacidad de procesar su sucesión con civilidad y, segundo, la capacidad de refrendarla con unidad operativa. Eso es institucionalización en dos fases: la fase simbólica y la fase real.

 

A manera de reflexión

Frente a esa cohesión refrendada, el resto del sistema de partidos exhibe lo que la teoría denomina una crisis de representación en sentido estricto.

No es una crisis de candidatos. Es una crisis de legitimidad.

El PRI en Sonora no perdió cuadros. Perdió el permiso social para ejercer el poder. Durante décadas operó bajo la lógica del partido de Estado: no competía, administraba. No convencía, cooptaba. No formaba ciudadanía, administraba lealtades corporativas y privilegios de grupo. Ese modelo, descrito por Sartori como el partido hegemónico pragmático, se agotó. La sociedad sonorense rompió ese pacto de subordinación en 2018 y ratificó la ruptura en 2021 no por una oferta mejor, sino por el agotamiento moral de una marca asociada a la rotación de élites sin transformación. Hoy, el PRI no tiene estructura. Tiene escombros de estructura. No tiene cuadros con arraigo social. Tiene nombres con arraigo de grupo. Y lo más grave: no tiene confianza del pueblo. Sin confianza, que es el activo que Weber definía como la base de toda dominación legítima, no hay candidatura que camine. Su problema no es electoral, es existencial.

El PAN atraviesa una disolución más silenciosa pero más profunda: la disolución de su identidad. Su capital no era el aparato, era la doctrina y la mística de ser contrapeso ético. Cuando abandonó la brega de eternidad de Gómez Morín para convertirse en agencia de colocación de candidaturas pragmáticas, se vació. Dejó de ser cultura política para ser sigla electoral. Dejó de formar ciudadanía para negociar posiciones. El resultado es un partido sin relato de Estado. Un partido que no puede explicar qué haría distinto en una gubernatura de custodia de tres años, con un presupuesto acotado, con una Presidenta del mismo proyecto de Morena y con la exigencia de estabilidad. Solo puede decir qué no quiere: que no quiere a Morena. Pero el anti-morenismo no es proyecto. Es resentimiento. Y el resentimiento no es categoría de gobierno. Es categoría de derrota. Por eso hoy no tiene ni cuadros, ni estructura, ni confianza. Tiene siglas con pasado, pero sin futuro.

Movimiento Ciudadano creyó que podía capitalizar ese doble vacío con una estética joven, pero confundió demografía con paradigma. La juventud como dato biológico no es alternativa política. Lo es cuando se convierte en propuesta de porvenir. Su presencia es metropolitana, de nicho, de clase media ilustrada de Hermosillo, sin densidad territorial en la sierra, sin penetración en el sur agrícola, sin diálogo real con los pueblos originarios yaqui y mayo, sin narrativa de frontera. Es un partido que no ha entendido que Sonora no se gana solo en la capital. Se gana en la geografía profunda. Y ahí no existe.

Lo que queda, entonces, no es un sistema de oposición. Es lo que Pitkin llamaría una representación fallida: ya no representan a nadie porque ya no se parecen a nadie. Son siglas sin pueblo.

 

Consideraciones finales

La ciencia política enseña que el poder hegemónico no se derrota con la suma aritmética de debilidades. Se derrota con un contrapeso que ostente mayor legitimidad moral, mayor densidad social y mayor claridad de proyecto que el propio poder.

Morena entendió ese principio. Transformó la contienda interna en civilidad, la civilidad en consenso y el consenso, ahora refrendado en reunión plenaria con todos los aspirantes y con el respaldo del partido, en fortaleza y en cohesión política sólida. Es el ciclo virtuoso de la legitimidad descrito por Panebianco: institucionalización, unidad y disciplina.

La oposición, en cambio, transformó su derrota en nostalgia, su nostalgia en división y su división en irrelevancia. Es el ciclo vicioso de la deslegitimación.

Y sin alternativa real, no hay democracia competitiva.

La elección de 2027, si nada cambia, no será una competencia entre dos proyectos. Será la ratificación de un proyecto que supo construir unidad, frente a un archipiélago que no supo construir ni siquiera su propio reencuentro con el pueblo.

Y en política, quien no se reencuentra con el pueblo, se queda sin pueblo.