En Opinión/Mtro. Jesús Antonio García Ramírez

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En Opinión/Mtro. Jesús Antonio García Ramírez

 

¿QUIÉN MANDA: EL PUEBLO QUE VOTO O LA BUROCRACIA QUE SE QUEDA?

Consideraciones previas

Para entender quién manda no podemos partir de la idea liberal de que el Estado es un árbitro neutral. Como nos enseñó Nicos Poulantzas, el Estado es una condensación material de relaciones de fuerza entre clases, no una cosa neutra. Y como planteó Gramsci, ese Estado no es solo gobierno, es Estado ampliado: es fuerza más consenso, es aparato más narrativa.

 

Aquí se asienta la dicotomía real. Por un lado el pueblo que vota, que es el poder constituyente, el que irrumpe desde el trabajo y la necesidad para intentar poner el Estado a su servicio. Por otro lado, la burocracia que se queda.

 

 

  1. A manera de reflexión

La estrategia histórica no fue casual. Lo que hoy padecemos es la emanación de un modelo estructural neoliberal heredado que configuró una élite burocrática sometida a una clase política. Esa élite no es un conjunto de personas, es una relación estructural. No produce, pero administra lo que el pueblo produce y vive de administrarlo. Su función histórica no ha sido ejecutar la voluntad popular, sino contenerla.

 

Esa conciliación que nos vendieron como gobernabilidad ha sido el mecanismo más eficaz de la desigualdad, porque puso a negociar al que tiene hambre con el que administra el comedor. Y el fondo del problema es que no se denota una erradicación al respecto. Cambian los gobiernos, pero no se desmonta la estructura que sostiene a esa élite. Se queda intacto el andamiaje jurídico, los contratos, la norma técnica y la lógica de administración de la escasez heredada del neoliberalismo.

 

Esta élite burocrática opera vaciando el mandato popular sin necesidad de oponerse abiertamente y esa es precisamente la dicotomía obstáculo que no permite la participación ciudadana en la toma de decisiones. Lo hace de dos formas estructurales. Primero, convierte derechos en trámites. Lo que el pueblo vota como derecho al agua, a la vivienda o al transporte digno, esa élite lo traduce a expediente, a regla de operación inalcanzable. Segundo, convierte voluntad política en imposibilidad técnica. Cuando el pueblo exige rescatar un servicio o auditar una concesión, aparece el dictamen, el “no hay condiciones legales”, el candado técnico que solo esa élite sabe interpretar porque ella misma lo heredó y lo custodia.

 

Pongamos el ejemplo de Hermosillo que todos conocemos. El pueblo vota porque no aguanta el costo del agua y del transporte. Llega un nuevo gobierno con ese mandato. Pero al entrar se encuentra con que el modelo heredado dejó blindado al organismo del agua con deudas y contratos, y al transporte con concesiones de décadas. El mandato del pueblo dice “cambia”, la estructura heredada dice “no se puede”. Ahí se ve materialmente quién manda. No es solo falta de voluntad, es que la élite burocrática es la guardiana del modelo neoliberal que el pueblo quiere superar y que de fondo no se ha erradicado.

 

Por eso ningún derecho real se ha conquistado conciliando con esa estructura. Se ha conquistado subordinándola y desmontándola.

 

  1. Consideraciones finales

¿Quién manda entonces? Formalmente manda el pueblo que vota. Materialmente manda la élite burocrática sometida a la clase política, porque es la que tiene en sus manos el aparato que decide si lo formal se vuelve real o se queda en discurso, mientras de fondo no se erradique el modelo estructural neoliberal heredado.

 

Como nos enseñó el boliviano René Zavaleta Mercado, estamos frente a un Estado aparente: un Estado que parece de todos pero que está organizado materialmente para que el pueblo no pueda mandar aunque vote. Y como plantea Marta Harnecker, el problema no es solo tomar el gobierno, es construir poder popular que sea capaz de desmontar el Estado heredado y construir uno nuevo desde abajo.

 

El voto no es la toma del poder, es apenas la disputa por la puerta. El poder real está en el aparato. Si el pueblo vota y se va a su casa, deja el campo libre para que esa élite administre su mandato hasta vaciarlo.

 

Por eso la erradicación de fondo que no se denota no es un asunto administrativo, es un asunto de poder. Erradicar significa, en términos de Harnecker, desmontar el modelo heredado con instrumentos del pueblo: revocación de concesiones blindadas, contraloría ciudadana vinculante sobre agua y transporte, y servicio civil por concurso que rompa la lógica de élite sometida a clase política.

 

La desigualdad en Sonora no se sostiene por falta de conciliación, se sostiene porque no se ha erradicado de fondo el modelo que impide que el pueblo participe en la toma de decisiones.

La única manera de que mande el que vota es que no se vaya después de votar y que construya su propia forma de permanecer, en comité del agua, en contraloría del transporte, en asamblea que vigile, para que el aparato por fin sirva a la vida y no a su propia conservación. Como decía Zavaleta, solo cuando la sociedad se organiza como Estado propio, deja de haber Estado aparente.