EL MÉXICO QUE NO IMPORTA: SOBRAS, SILENCIOS Y MONOPOLIOS
Mientras gobernantes y empresarios se sirven el banquete completo, millones de mexicanos reciben sobras: servicios deficientes, infraestructura raquítica y un desprecio institucionalizado que se normalizó. San Pedro de la Cueva es un claro ejemplo de abandono institucional.
La última semana del año, como en los últimos años, la pasamos en San Pedro de la Cueva, tierra de mi mujer. Un pequeño y hermoso poblado enclavado en la sierra media de Sonora, al que también, como cada diciembre, regresan miles de nativos que hoy viven en otras regiones del estado y en el extranjero.
El fenómeno es conocido: el pueblo revive, se llena de voces, abrazos, historias y celulares buscando señal. Y es ahí donde empieza el retrato perfecto del México de las sobras.
Porque también, como todos los años, el incremento en la demanda vuelve prácticamente inutilizable el internet. La señal se adelgaza hasta volverse fantasma. Ni datos, ni llamadas, ni mensajes. Nada. Lo más grotesco es que ni siquiera frente a la torre de Telmex se consigue señal. Literalmente: la antena ahí, el servicio ausente. Una escultura metálica a la incompetencia.
He estado en pequeñas poblaciones de otros países en fechas donde la demanda de telefonía e internet se dispara. Lugares remotos, islas, pueblos turísticos temporales. ¿El resultado? A veces el servicio se vuelve un poco lento, sí, pero jamás desaparece. No hay punto de comparación con lo que ocurre en San Pedro de la Cueva. Y lo más probable es que lo mismo suceda en cientos, o quizá miles de poblaciones del estado y del país.
Las instalaciones de telecomunicaciones, en cualquier manual serio del mundo, se diseñan para soportar picos máximos de demanda. No para la media, no para “cuando se pueda”, sino para los momentos críticos. En México parece que la lógica es inversa: se construye lo mínimo indispensable para el día promedio, y cuando la realidad supera la mediocridad planeada, que cada quien se rasque con sus propias uñas.
Ese es el trato a los mexicanos de segunda. A los que no viven en capitales, a los que no generan titulares, a los que no importan en los balances trimestrales.
Telmex, ese monopolio de facto que sobrevive a gobiernos, reformas y discursos, ha convertido la precariedad en modelo de negocio. Cobra como si ofreciera primer mundo y entrega como si hiciera un favor. No invierte porque no lo necesita. No mejora porque no hay competencia real. Y no responde porque sabe que nadie lo va a obligar.
Durante años existió la COFECE (Comisión Federal de Competencia Económica), cuya función primordial era proteger a los usuarios de abusos monopólicos y garantizar condiciones mínimas de calidad. Nunca quiso entenderlo, nunca quiso ejercerlo y nunca quiso incomodar a los gigantes. En lo personal, celebro su desaparición. No porque el problema se haya resuelto, sino porque al menos ya no se finge que alguien cuida al consumidor.
La COFECE fue un órgano constitucional autónomo en México encargado de vigilar que las empresas compitieran libremente y no abusaran de su poder de mercado. Su objetivo principal era evitar los monopolios y las prácticas anticompetitivas para que los consumidores tuvieran acceso a mejores precios, mayor variedad y calidad en productos y servicios. No lo logró y al parecer ni siquiera lo intentó.
Lo que ocurre con Telmex no es un accidente técnico, es una decisión política y empresarial. Es el reflejo de un país donde los gobernantes, los políticos y buena parte de la iniciativa privada se sientan al banquete, brindan entre ellos y, al final, arrojan las sobras al resto de la población esperando agradecimiento.
San Pedro de la Cueva no pide privilegios. Pide lo mínimo: señal, conectividad, dignidad. Pero en el México de hoy eso sigue siendo demasiado pedir si no formas parte del festín.
Por hoy fue todo, gracias por su tolerancia y hasta la próxima.

