MORENA, DURAZO Y EL ARTE DE HUMILLAR A LOS PROPIOS PARA PREMIAR A LOS AJENOS
El nombramiento exprés de Alejandra López Noriega revela un Congreso sometido, un oficialismo sin pudor y una injusticia flagrante contra la presidenta saliente, María Eduwiges Espinoza Tapia. Un movimiento que exhibe la peor versión del poder en Sonora.
La política sonorense confirmó esta semana algo que muchos sospechaban, otros callaban y unos cuantos seguían negando por conveniencia: que el Congreso local funciona, cada vez más, como una oficina satélite del Ejecutivo. La repentina llegada de Alejandra López Noriega a la presidencia del Congreso no sólo sorprendió por lo inusual, sino por lo groseramente evidente del manotazo político que la hizo posible. Un premio mayor sin comprar boleto. Un golpe de suerte que, en realidad, fue un golpe de poder.
Lo primero que debe decirse —y con todas sus letras— es que la gran atropellada en esta maniobra se llama María Eduwiges Espinoza Tapia, mejor conocida como Vicky. A ella la hicieron a un lado sin pudor alguno después de apenas cinco meses en el cargo, mientras su antecesor, Omar del Valle Colosio, presidió un año completo. Y, para mayor cinismo, la recién llegada también presidirá un año. ¿Méritos? ¿Trabajo? ¿Continuidad? Nada de eso pesó. Lo que pesó fue la línea. La de siempre.
Vicky estaba desempeñándose con seriedad, sin estridencias, sin pleitos internos, conduciendo los trabajos con dignidad. Pero en Sonora, si el partido en el poder decide sacrificarte, te sacrifican. Morena ha perfeccionado un estilo de gobierno en el que los militantes fundadores son usados como peones desechables en beneficio de alianzas de coyuntura. Y esta vez, el sacrificio fue particularmente doloroso y humillante.
Lo ocurrido con la nueva presidenta merece un análisis sereno, pero también honesto. Nunca he tenido acercamiento alguno con Alejandra López Noriega, lo digo con claridad para evitar lecturas maliciosas. Respeto su experiencia, valoro su participación legislativa y reconozco su trayectoria. Pero también afirmo, sin titubeos, que en esta ocasión no tenía méritos para ocupar la presidencia del Congreso. No había una trayectoria reciente que justificara el salto. No había un trabajo interno que la posicionara. No había una militancia que respaldara su ascenso. Lo que sí había era una decisión tomada fuera del Congreso.
Porque seamos francos: este nombramiento fue operado desde el entorno del gobernador. Nadie necesita que se filtre un memorándum interno para saberlo. Las señales están por todas partes. La unanimidad artificial. El desplazamiento de cuadros de Morena y del PT que ya estaban “palomeados”. El cierre de filas exprés. El discurso prefabricado de “unidad”. Todo huele a operación política desde Palacio, donde el gobernador Alfonso Durazo y sus operadores definen quién sube, quién baja y quién se sacrifica.
La llegada de López Noriega ha sido interpretada por varios columnistas como una recompensa por haber roto con el PAN, una especie de pago político por incorporarse a la órbita oficialista. Y es una lectura difícil de refutar. Morena no duda en desplazar a sus propios cuadros para proteger sus intereses rumbo a 2027. Lo mismo sucedió ahora: Norberto Barraza quedó fuera, pese a ser la opción natural de su bancada; Óscar Ortiz Arvayo, del PT, también fue sacrificado. Pero en esta mesa de poder, los fundadores de la 4T siempre pueden ser cambiados por una figura útil al juego político del momento.
La narrativa oficial insiste en que la designación fue un ejercicio de “consenso”. Sí, cómo no. Un consenso tan espontáneo como un eclipse programado. Un consenso que sirve para exhibir poder, no para demostrar democracia interna. Ese “consenso” es la forma elegante de reconocer que el Congreso ya no decide nada por sí mismo.
Lo más grave no es sólo el atropello a Vicky, que merecía continuar con la encomienda. Lo más grave es el precedente: quien controla el Ejecutivo puede mover el tablero legislativo a voluntad, premiar lealtades externas, castigar trayectorias internas y acomodar sus fichas sin resistencia visible. Todo bajo la máscara de la unanimidad.
Si esta es la antesala de 2027, estamos viendo apenas el tráiler de una película donde Morena y Durazo buscarán blindar su proyecto, aunque eso implique una cadena de injusticias como la vivida esta semana. Y mientras tanto, el Congreso seguirá celebrando designaciones que no nacen del mérito, sino del dedazo más viejo del sistema político mexicano.
Por hoy fue todo, gracias por su tolerancia y hasta la próxima.

