Olor a Dinero/Feliciano J. Espriella

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Olor a Dinero/Feliciano J. Espriella

 

CÉLIDA VS TOÑO; DOS MANERAS DE GOBERNAR HERMOSILLO

El debate surgido tras mi columna anterior obliga a una comparación más serena entre dos estilos de ejercer el poder en Hermosillo: la gestión administrativa de Antonio Astiazarán y la política operativa de Célida López.

En virtud de que mi columna del pasado martes, titulada “Célida también la quele”, resultó controversial y derivó en algunos debates al respecto —debates respetuosos y de buen nivel argumentativo— conviene hacer algunas precisiones.

Las críticas que recibí no se enfocaron estrictamente en el sentido del texto, sino en la comparación que algunos lectores hicieron entre el desempeño de la exalcaldesa Célida López Cárdenas y el actual presidente municipal de Hermosillo, Antonio Astiazarán Gutiérrez.

Según los inconformes con aquella columna, la gestión de Célida al frente de la capital sonorense habría sido más eficiente que la del actual alcalde.

No comparto esa opinión, aunque admito que seguramente hay una cantidad considerable de hermosillenses que piensan de esa manera.

Mi opinión es distinta.

También conviene hacer una aclaración adicional. Si en la columna mencionada me referí a Célida López como posible aspirante a la gubernatura de Sonora no fue porque considere que tenga los méritos o el tamaño político para encabezar el Ejecutivo estatal, sino porque ella misma se autodestapó públicamente y ha difundido incluso una encuesta de dudosa metodología en la que aparece encabezando preferencias electorales.

Hecha esa precisión, vale la pena abordar el tema con mayor serenidad.

Más que una competencia personal entre dos figuras políticas, lo que en realidad estamos observando es el contraste entre dos modelos distintos de ejercer el poder público.

Por un lado está el estilo de gestión de Antonio Astiazarán, que se ha construido sobre una narrativa de eficiencia administrativa y resultados verificables.

Su principal carta de presentación no es un discurso político, sino un indicador institucional: el reporte de la Auditoría Superior de la Federación que calificó a Hermosillo con “cero daño patrimonial” en la revisión de la cuenta pública 2024.

En términos políticos, ese dato significa algo simple: el municipio no presenta irregularidades financieras detectadas por la autoridad fiscalizadora federal.

A partir de esa base administrativa, Astiazarán ha construido una narrativa de gobierno centrada en resultados medibles.

Programas como el plan para bachear un millón de metros cuadrados de vialidades, la construcción de infraestructura con recursos propios del municipio o la modernización de semáforos mediante tecnología desarrollada con apoyo de estudiantes locales forman parte de esa estrategia.

Es, en esencia, un modelo de administración pública orientado a indicadores, eficiencia presupuestal y obra visible.

El perfil político que proyecta es el de un administrador que busca demostrar que el aparato municipal puede funcionar como una maquinaria ordenada.

Célida López, en cambio, representa un modelo distinto de liderazgo político.

Su trayectoria reciente se ha construido menos en torno a indicadores administrativos y más alrededor de su capacidad para operar en contextos complejos.

Su paso por la alcaldía de Hermosillo estuvo marcado por la pandemia y actualmente encabeza responsabilidades en el sector agropecuario estatal, una de las áreas más sensibles en términos económicos y sociales.

Ahí su trabajo cotidiano implica negociar con productores agrícolas, pescadores y organizaciones rurales que enfrentan problemas derivados del cambio climático, fluctuaciones de precios o restricciones sanitarias en las exportaciones.

Es un tipo de liderazgo que se apoya más en la presencia territorial, la negociación política y la capacidad de intervenir en conflictos sectoriales.

En términos de narrativa pública, las diferencias son claras.

Astiazarán se presenta como un político de resultados verificables y administración ordenada.

Célida López, en cambio, se define a sí misma como una funcionaria ejecutiva, cercana al proyecto político de la llamada Cuarta Transformación y enfocada en resolver problemas sociales y productivos.

Son dos perfiles que hablan a públicos distintos.

Uno conecta con la cultura de la eficiencia administrativa que valoran especialmente los sectores urbanos y la clase media.

El otro busca posicionarse como un liderazgo político capaz de operar en escenarios complejos y de mantener interlocución con los sectores productivos del estado.

En ese sentido, el debate que se ha abierto tras la columna anterior puede resultar incluso saludable.

Porque más allá de simpatías personales, la discusión de fondo es otra.

La pregunta que eventualmente deberán responder los ciudadanos no es quién tiene más presencia mediática ni quién levanta más polémica en redes sociales.

La pregunta verdadera es qué tipo de liderazgo consideran más adecuado para enfrentar los desafíos de Sonora en los próximos años.

Un liderazgo basado en la eficiencia administrativa y los resultados medibles.

O uno sustentado en la operación política y la capacidad de negociación frente a conflictos complejos.

Ese es, en realidad, el fondo del debate.

 

Por hoy fue todo, gracias por su tolerancia y hasta la próxima