Olor a Dinero/José F. Medina

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Olor a Dinero/José F. Medina

 

2 DE OCTUBRE: ¿NO SE OLVIDA?

Recordar Tlatelolco es indispensable. Pero la memoria pierde sentido si no se convierte en aprendizaje. A 58 años, varias tragedias posteriores obligan a preguntarnos cuánto entendimos realmente de 1968.

Cada 2 de octubre México repite una frase convertida en parte de nuestra memoria colectiva: “2 de octubre no se olvida”.

Y qué bueno que no se olvide.

Lo ocurrido aquella tarde de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas constituye una de las páginas más oscuras de nuestra historia contemporánea. En 2024, el propio Estado mexicano reconoció formalmente que la violencia gubernamental contra el movimiento estudiantil constituyó un crimen de lesa humanidad y asumió el compromiso de garantizar la no repetición.

Pero 58 años después quizá debamos agregar signos de interrogación:

2 de octubre, ¿no se olvida?

Porque recordar no necesariamente significa aprender.

Tlatelolco enseñó —o debió enseñarnos— lo que puede ocurrir cuando frente al conflicto social el poder cierra los oídos, descalifica al inconforme, sustituye el diálogo por la fuerza y termina considerando al ciudadano que protesta como enemigo.

El problema es que México volvió a tropezar con algunas de esas piedras.

Menos de tres años después

El 10 de junio de 1971, estudiantes volvieron a las calles. Era Jueves de Corpus.

Aparecieron Los Halcones, grupo paramilitar organizado y financiado por el Estado que atacó la manifestación. Hubo decenas de víctimas.

Habían transcurrido apenas dos años y ocho meses desde Tlatelolco.

Acteal

El 22 de diciembre de 1997 la tragedia adquirió otro rostro.

En Acteal, Chiapas, 45 indígenas tzotziles integrantes de Las Abejas fueron asesinados mientras se encontraban reunidos en oración. Entre las víctimas había mujeres —algunas embarazadas— y niños.

No fue otro Tlatelolco. Las circunstancias y responsabilidades fueron distintas. Pero nuevamente encontramos violencia y un Estado incapaz de proteger a ciudadanos cuya vida estaba amenazada.

Atenco

En mayo de 2006, un conflicto alrededor de vendedores de flores terminó convertido en un enorme operativo policial en San Salvador Atenco.

Detenciones arbitrarias, abusos y violencia sexual marcaron aquellas jornadas. Años después, la Corte Interamericana de Derechos Humanos declaró internacionalmente responsable al Estado mexicano por violaciones cometidas contra once mujeres, incluyendo tortura sexual.

Otra vez aparecía la vieja tentación de creer que la fuerza puede resolver aquello que la política no pudo encauzar.

Ayotzinapa

Y entonces llegó la noche de Iguala.

El 26 de septiembre de 2014 desaparecieron 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa.

Sería incorrecto convertir Ayotzinapa en una repetición de Tlatelolco. No lo fue. Pero ambas tragedias quedaron ligadas en la memoria nacional por jóvenes estudiantes víctimas de graves violaciones y por una sociedad exigiendo verdad y justicia.

Sesenta y ocho. Cuarenta y tres.

Dos números que distintas generaciones aprendieron a pronunciar con dolor.

Nochixtlán

El 19 de junio de 2016, un operativo para retirar bloqueos relacionados con el conflicto magisterial terminó nuevamente en tragedia.

La CNDH documentó ocho personas fallecidas, 103 lesionadas y decenas de afectados por gases lacrimógenos.

Otra vez protesta. Otra vez confrontación. Otra vez fuerza. Otra vez muertos.

Sería intelectualmente deshonesto meter todos estos acontecimientos en el mismo costal. Ocurrieron bajo gobiernos distintos, tuvieron causas diferentes y las responsabilidades jurídicas y políticas tampoco fueron iguales.

Pero precisamente ahí está la reflexión.

No necesitamos que la historia se repita exactamente para advertir que algunas conductas sobreviven.

Cerrazón. Intolerancia. Descalificación. Incapacidad para escuchar. Uso desproporcionado de la fuerza. Impunidad.

En 2024, al reconocer oficialmente la responsabilidad del Estado en Tlatelolco, el gobierno mexicano asumió también un compromiso explícito de no repetición, incluyendo que las Fuerzas Armadas nunca más sean utilizadas para atacar o reprimir al pueblo.

Ese compromiso quizá sea la parte más importante de la memoria.

Porque colocar flores, realizar ceremonias y repetir consignas sirve de muy poco si no aprendemos la lección que dejaron quienes murieron.

El 2 de octubre no debería recordarnos únicamente lo ocurrido hace 58 años.

Debería advertirnos sobre lo que nunca debe volver a ocurrir.

Por eso quizá ha llegado el momento de modificar, aunque sea por un instante, aquella histórica consigna:

2 de octubre, ¿no se olvida?

Espero que no.

Pero la pregunta verdaderamente incómoda es otra:

¿De qué sirve no olvidar, si seguimos sin aprender?

Por hoy fue todo. Gracias por su tolerancia y hasta la próxima.