Opinión/Jorge Bravo

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Opinión/Jorge Bravo

 

“NORROÑA”

Gerardo Fernández Noroña se ha convertido en un fenómeno que obliga a preguntarse por los límites entre la política como vocación y la política como espectáculo. 

Sus métodos (una mezcla de estridencia, teatralidad y confrontación permanente) han sido eficaces para captar atención, pero también para visibilizar contradicciones. Quien reclama austeridad se permite lujos; quien predica defensa de causas internacionales, como el sufrimiento de los infantes palestinos, selecciona qué tragedias merecen su voz. Esa tensión remite a la distinción clásica de Max Weber entre quien vive “para” la política y quien vive “de” la política, como es el caso de Noroña. 

Dicha categoría ayuda a entender por qué ciertos comportamientos políticos y legislativos son más dañinos que meras excentricidades. 

Noroña no es un principiante en el escenario público. Ha ocupado cargos legislativos en varias ocasiones. Inició como diputado federal en la LXI (2009-2012) y regresó a San Lázaro en periodos posteriores. En 2024 asumió una senaduría y se desempeñó como presidente de la Mesa Directiva del Senado entre 2024 y 2025 no por méritos, sino por designación cupular. Pero cuando un político adopta prácticas que erosionan la institucionalidad, las consecuencias son nefastas. 

En sus primeros años, el estilo confrontativo y los actos de protesta le otorgaron visibilidad. Cumplían la función de quien interpela al poder desde la periferia. Pero al insertarse en la maquinaria estatal y usufructuar privilegios, muchas de esas tácticas dejaron de ser recursos de denuncia para convertirse en un modo de hacer política que vulnera normas y expectativas republicanas.

Episodios como la exigencia pública de una disculpa de un ciudadano en el Pleno del Senado (un acto de humillación y abuso de poder) plantea el uso de la institución para dirimir agravios personales.

La indignación pública contra su proceder ha aumentado. Han emergido señalamientos sobre enriquecimiento inexplicable y trasiego de privilegios. La adquisición de una residencia en Tepoztlán y la detección de vuelos onerosos o en condiciones cuestionadas alimentan la incongruencia entre el discurso de austeridad y prácticas personales que evocan privilegios. 

Sus pleitos y escándalos en el Senado. Foto: Mario Jasso / Cuartoscuro

Sumen a ello la estridencia para desplazar el debate de fondo. Lo más reciente es un caso bochornoso. Fernández Noroña descalificó a Grecia Quiroz (alcaldesa de Uruapan y viuda del edil Carlos Manzo) como “fascista” y de “ultraderecha” en un episodio que derivó en fuertes críticas; la prensa, tan atenta a sus estridencias, lo abandonó y no quiso retomar sus aclaraciones, y recibió un tibio reproche incluso desde la conferencia de la presidenta.

Atacar a una viuda que acaba de perder a su pareja en un contexto de narcoviolencia extrema revela no sólo insensibilidad, sino una estrategia comunicativa que sustituye argumentos por golpes y oportunismo, que polariza y revictimiza. 

Ese patrón (usar la descalificación como herramienta principal, priorizar escándalo sobre proposición, convertir la tribuna en ring en lugar de foro deliberativo) aparece en múltiples episodios de “Norroña”, como se le etiqueta. Riñas en el Congreso, enfrentamientos mediáticos, esgrima de majaderías y la repetida ausencia de una agenda legislativa robusta. 

Cuantitativamente, el expediente legislativo de Noroña es menos que modesto. Su historial de iniciativas, a lo largo de más de una década parlamentaria, arroja un saldo pobre en materia de proyectos con impacto sustantivo. En el Senado tiene apenas tres iniciativas: un par de reformas al Reglamento del Senado y otra sobre monedas conmemorativas. Nada sustantivo. Nada que transforme la vida pública. Abundante verborrea; nulo trabajo legislativo. El alboroto mediático no debe confundirse con trabajo legislativo. 

Como diputado de la LXV Legislatura (2021-24) presentó siete iniciativas irrelevantes. En una adición al artículo 4to de la Constitución, en una famélica exposición de motivos de cinco párrafos, cita a Emma Goldman: “Nunca consentiré ni me someteré a la autoridad, ni haré las paces con un sistema que degrada a la mujer”… pero sí degrada a Grecia Quiroz, víctima de ese sistema criminal. Su propuesta parlamentaria fue añadir la palabra “ambos” al artículo 4to: “La mujer y el hombre son iguales ante la ley. ‘Ambos’ protegerán la organización y el desarrollo de la familia.” Así de intrascendente. 

No sólo es un vividor del Poder Legislativo pagado con recursos públicos, también un flojo. Como senador tiene una dieta bruta mensual de 190 mil 23.19 pesos y un aguinaldo también bruto de 382 mil 207.41 pesos. 

La comunicación política eficaz no sólo es espectáculo, exige coherencia entre palabra y acto, capacidad para construir mayorías, rigor en propuestas y lealtad a la institucionalidad. Las prácticas de Noroña muestran oportunismo (saltos y “chapulineo” partidista), selectividad moral (defensas de causas internacionales que convienen a su agenda y silencio ante tragedias domésticas menos mediáticas) y una retórica que alimenta polarización en lugar de argumentos y consensos. 

Estas prácticas son la antítesis del político que Weber idealizaba como alguien que “vive para” la política. Noroña “vive de” la política, explotando la visibilidad y la confrontación como fuente de capital político y personal, pero sin entregar resultados legislativos. No toda oposición es legítima desde la transgresión; no toda crítica es valiosa si prescinde de soluciones. 

El Parlamento exige responsabilidad, debate informado, iniciativas con impacto social, transparencia patrimonial y respeto a los procedimientos y a las personas. 

Un legislador que sustituye deliberación por escándalo, que convierte la tribuna en altavoz para afrentas personales y que muestra una discrepancia evidente entre su retórica y sus actos, contamina el clima político y debilita la posibilidad de legislar en favor del interés público.

Si algo debería quedar claro en este carrusel de polémicas es que la política mexicana necesita menos estridentismo y más oficio parlamentario. Las leyes que rigen la vida legislativa contienen, además de procedimientos, una promesa de representar con integridad a la ciudadanía. Quienes ocupan escaños (y quienes usan la comunicación como arma) están obligados a mostrar solvencia. En la tensión entre teatralidad y responsabilidad, México exige a los legisladores que prevalezca lo segundo.

Twitter: @beltmondi

TOMADO DE PROCESO.COM.MX