Y AHORA: ¿QUIÉN PODRÁ DEFENDERNOS?
La pregunta del “Chapulín Colorado” no es casual: exhibe el estado de indefensión en que vivimos hoy millones de mexicanos.
El caso más reciente ocurrió en Hermosillo, donde una clínica privada de orientación homeopática y de “medicina alternativa” derivó en una tragedia que, hasta ahora, ha cobrado la vida de ocho personas. Más allá del horror inmediato, el hecho exhibe algo todavía más grave: la fragilidad de los ciudadanos frente a autoridades omisas, regulaciones de papel y un sistema que casi siempre llega tarde.
No es un hecho aislado. Tampoco es una excepción. Es un patrón estructural.
Ahí está la Guardería ABC: 49 niños muertos en un incendio que nunca debió ocurrir. Ahí está también la tragedia en una tienda Waldos, donde decenas de personas perdieron la vida en circunstancias igualmente prevenibles. Casos distintos, mismos ingredientes: negligencia, simulación institucional y una impunidad que termina por sepultar cualquier intento de justicia.
Porque en México no solo fallan los protocolos: falla todo el sistema.
Estamos rodeados de organismos que presumen proteger al ciudadano: Comisión Nacional de los Derechos Humanos, Protección Civil, Profeco, Condusef y una interminable burocracia que consume recursos públicos sin generar resultados tangibles. Instituciones que deberían prevenir tragedias, supervisar irregularidades y sancionar abusos… pero que en los hechos funcionan como oficinas de trámite, de simulación o, peor aún, de encubrimiento.
No previenen. No sancionan. No disuaden.
Llegan tarde, cuando llegan, y lo hacen para administrar la crisis mediática, no para evitarla. Emiten recomendaciones sin dientes, abren expedientes que se empolvan y anuncian investigaciones que terminan en el archivo muerto.
La “Carabina de Ambrosio” resulta casi una metáfora indulgente frente a este nivel de inutilidad institucional. Aquí no hay comedia: hay muerte, hay dolor y hay una cadena de irresponsabilidades que rara vez toca a los verdaderos responsables.
Y mientras tanto, el ciudadano queda absolutamente expuesto.
Pero sería cómodo —y hasta intelectualmente deshonesto— cargar toda la culpa al Estado. Porque hay otro actor que también ha fallado: la sociedad.
Una sociedad que se indigna en redes, que comenta, que comparte, que protesta… pero que rara vez sostiene esa indignación más allá de unos días. Una sociedad que normalizó la tragedia, que aprendió a convivir con la impunidad y que ha reducido su participación cívica a estallidos momentáneos de enojo digital o marchas que no trascienden.
Nos hemos acostumbrado a la indignación fugaz.
A exigir justicia con un hashtag y a olvidarla en cuanto aparece el siguiente escándalo. A tolerar que las tragedias se archiven, que los culpables se diluyan y que las instituciones sigan operando como si nada hubiera pasado.
Y en ese círculo perverso —instituciones ineficientes y sociedad pasiva— la impunidad se vuelve norma.
Incluso cuando desaparecen organismos que supuestamente cumplían funciones relevantes, como ocurrió con la extinta Comisión Federal de Competencia Económica (COFECE), la reacción social es prácticamente inexistente. Nadie la extraña. Nadie reclama. Y eso no habla de eficiencia: habla de irrelevancia.
Porque cuando una institución desaparece y no genera vacío, es porque nunca llenó ninguno.
México no tiene un problema de leyes ni de estructuras. Tiene un problema de simulación, de captura política de los organismos y de una cultura donde la negligencia rara vez tiene consecuencias.
Cada tragedia evitable que queda sin castigo no es solo una falla: es un mensaje. Un mensaje brutal y persistente: aquí no pasa nada.
Y cuando no pasa nada, todo vuelve a pasar.
La pregunta del Chapulín Colorado, entonces, deja de ser un guiño nostálgico para convertirse en una advertencia vigente.
¿Quién podrá defendernos?
Hoy, en México, la respuesta es tan incómoda como evidente: nadie… y, peor aún, tampoco parece que estemos dispuestos a defendernos nosotros mismos.
Me despido con un comercial: sintonicen a las 6:10 AM, “La Caliente” 90.7 FM., el colega y amigo José Ángel Partida me abre un espacio en su noticiero en el que comentaremos con más detalle esta columna. ¡No se lo pierdan!
Por hoy fue todo.
Gracias por su tolerancia y hasta la próxima

