DE LA CECA A LA MECA
Doce años, tres gobiernos y decenas de investigaciones después, México sigue sin saber qué ocurrió con los 43 normalistas de Ayotzinapa. Cambiaron presidentes, fiscales, comisiones e hipótesis; la verdad completa sigue pendiente.
Anteayer se cumplieron doce años de la desaparición de los estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa y el misterio de lo que verdaderamente sucedió continúa.
Doce años, tres gobiernos y una misma coreografía: prometer verdad y entregar, cada sexenio, una versión distinta de una historia todavía inconclusa. A las familias de los 43 no les ha faltado quien les hable; les ha faltado quien les diga dónde están sus hijos. Entre boletín y boletín, entre comisión y recomendación, han aprendido algo que cuesta caro en este país: el Estado parece más eficaz administrando el dolor que resolviéndolo.
Todo empezó con la llamada “verdad histórica” de Jesús Murillo Karam: los 43 habrían sido asesinados e incinerados en el basurero de Cocula. La versión fue cuestionada por el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), cuyas investigaciones pusieron en duda aspectos fundamentales de aquella reconstrucción.
Después, la propia justicia mexicana abrió procesos por presuntas irregularidades, tortura y manipulación de evidencias relacionadas con la construcción de esa versión.
Hoy Murillo Karam sigue procesado por desaparición forzada, tortura y obstrucción de la justicia, pero lleva el proceso cómodamente domiciliado en su casa de Lomas de Chapultepec. Tomás Zerón, el operador que según la Fiscalía orquestó las confesiones arrancadas a golpes, vive prófugo en Israel; dos gobiernos, el de López Obrador y el de Sheinbaum, han pedido su extradición sin éxito. La justicia mexicana, al parecer, solo alcanza a los que se quedan.
Con López Obrador llegó la promesa de que ya no habría impunidad. Creó una comisión que en 2022 hizo algo que ningún gobierno anterior se había atrevido a hacer: calificó lo ocurrido como “crimen de Estado” y señaló responsabilidades de autoridades de distintos niveles, incluidos elementos militares.
Fue un avance real, hay que decirlo.
Pero también encontró su techo.
AMLO salió de Palacio Nacional sin resolver el caso y dejó el pendiente —como tantos otros— envuelto para regalo a su sucesora.
Y llegamos a 2026, con Claudia Sheinbaum reuniéndose reiteradamente con los padres y abriendo nuevas líneas de investigación, entre ellas el análisis de telefonía celular que no había sido suficientemente explotado. Hay nuevas detenciones y algunos avances han sido reconocidos incluso por representantes de las familias.
Pero falta lo fundamental: saber dónde están los jóvenes.
Mientras tanto, la institución que debería vigilar al Estado precisamente cuando éste se investiga a sí mismo, la CNDH, publicó este año la Recomendación 208VG/2026. El organismo sostiene que su investigación no acreditó responsabilidad institucional de la Secretaría de la Defensa Nacional en los hechos violentos y asegura que eso no significa exonerar a nadie.
Los padres de los normalistas rechazan esa interpretación y mantienen su exigencia de que se entregue toda la información militar relacionada con aquella noche.
La controversia está lejos de cerrarse.
De los 43, solamente tres han sido identificados con certeza científica: Alexander Mora, Christian Rodríguez y Jhosivani Guerrero.
Cuarenta familias siguen esperando un hueso, un “volvieron”, una llamada que no llegue disfrazada de “avance”.
Anteayer, como cada 26 de septiembre, madres y padres de los 43, estudiantes y ciudadanos volvieron a marchar del Ángel de la Independencia al Zócalo para exigir, una vez más, lo mismo de siempre: verdad y justicia.
Doce años de la Ceca a la Meca, de comisión en comisión, de informe en informe, de sexenio en sexenio.
Y acaso ahí esté la verdadera tragedia de Ayotzinapa: que después de tres gobiernos, miles de páginas, investigaciones nacionales e internacionales, detenciones y promesas presidenciales, México todavía no puede responder la pregunta que cuarenta familias siguen haciendo:
¿Dónde están?
Por hoy fue todo. Gracias por su tolerancia y hasta la próxima.

