Archivo Confidencial/Armando Vásquez A.

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Archivo Confidencial/Armando Vásquez A.

 

SERVIDORES PÚBLICOS: EL VOTO OLVIDADO

AHORA QUE VEO LAS manifestaciones de los empleados del IMSS —a los que por cierto se les están sumando los del ISSSTE señalando la falta de insumos para chambear adecuadamente y salarios justos—, me doy cuenta de que nunca he escuchado a un candidato, del nivel que me digan, salir a buscar su voto.

En México, el total de burócratas supera los cinco millones en los tres niveles de gobierno, un universo que involucra directamente a más de 20 millones de mexicanos, de los cuales 16 millones tienen credencial para votar.

Pero ojo: la estructura tiene niveles muy claros. Los de campo (los operativos) suman un 75% en la Federación, en los estados suben al 78% y en los municipios llegan a ser el 83% del personal total. Luego están los técnicos (22%, 19% y 14% por nivel de gobierno) y, finalmente, los altos mandos, que suman el 3% restante en todos los casos.

En Sonora, esta fuerza laboral se traduce en 135 mil empleos directos con impacto en 500 mil personas; de esa población vinculada, 380 mil tienen derecho a votar. La burocracia es un tema tabú. En sus discursos, los políticos hablan de procesos macro para lograr un “buen gobierno” y, una vez en el poder, receta la famosa frase de “amarrarse el cinturón” o la “austeridad republicana”, que está de moda.

Prometen golpear a la “burocracia dorada” —ese 3 por ciento—, pero la realidad es que el costo del ahorro gubernamental termina transfiriéndose directamente a la burocracia de campo, impactando sus ingresos de lleno.

Así, se eliminan o congelan compensaciones, se cancelan horas extras, se recortan estímulos por productividad, se reducen las suplencias laborales y se imponen techos salariales devorados por la inflación en un país donde nadie puede ganar más que la presidencia; un tope que en los hechos castiga a los de abajo.

Al limitarles legal y administrativamente su capacidad de ganar más por su esfuerzo, el Estado no solo precariza a su personal, sino que destruye cualquier incentivo de superación profesional y meritocracia. ¡Amalayón ganar un poco menos que la presidenta!, dirían quienes están en esta trinchera.

Y es que siete de cada diez empleados del gobierno pertenecen a esta base operativa: son maestros frente a grupo, enfermeras con turnos dobles, policías y cuadrilleros de servicios públicos.

Para ellos, “amarrarse el cinturón” no significa renunciar a un auto de lujo o a un viaje internacional; significa comprar sus propios insumos de trabajo, atender consultorios sin aire acondicionado y estirar un sueldo que ya no alcanza para la canasta básica. No es normal que lleven papel de baño.

Los candidatos le sacan al tema porque no saben cómo tratarlo. Si llegan a prometer dignificar sus vidas, chocan con el dogma de mantener finanzas apretadas y políticas salariales que apenas se ajustan con la inflación, ahora se le suma el pretexto de que no se les puede pagar más porque se afectarían los programas sociales.

Tampoco sabrían cómo resolver la precariedad en la que trabajan, pues la solución los rebasa de pe a pa. No cualquiera tiene la capacidad de visualizar y gestionar la problemática; eso sí, nos dijeron que ahorrando 500 mil millones de pesos en combate a la corrupción todo se resolvería… ah no, eso que tanto dijo AMLO tampoco funcionó.

El nuevo modelo que buscan los del IMSS conlleva romper o reformar la estructura sindical tradicional, esa misma que ahoga a la mayoría de los burócratas y que funciona como la tenaza que emplea “papá gobierno” para mantener la creencia de que su voto debe ser por default para el partido en el poder si quieren conservar el trabajo.

La paradoja no es menor. Un millón de maestros del SNTE, según presumió Andy, se afiliaron a Morena lo que es parte del corporativismo tradicional que implica negociar mejoras bajo la mesa.

Pero un candidato no puede tocar en público el tema de incrementos salariales y rescates financieros como los que exige el IMSS, porque topa contra la pared presupuestal y de disciplina fiscal.

Por otro lado, si ignoran sus demandas una vez prometidas, se arriesgan a enfrentar paros nacionales como los que hoy vemos. El otro ejemplo claro es la CNTE.

El gobierno considera de forma insensible que la estructura burocrática de todos modos votará por inercia o por disciplina laboral. En el caso de los candidatos oficialistas, reconocer que el Estado no les garantiza lo elemental sería tanto como aceptar el fracaso de sus promesas de bienestar y de servicios “como los de Dinamarca”.

Por su parte, los opositores suelen utilizar estos conflictos gremiales como nota de coyuntura para golpear a los gobernantes morenistas, pero no estructuran una solución integral sólida para no enemistarse con los sectores empresariales que exigen achicar el gasto corriente público.

Al final, los candidatos prefieren esquivar el tema porque la burocracia en México es un monstruo de mil cabezas: indispensable para gobernar y mover al país, pero sumamente incómodo de sacudir en tiempos electorales, donde cualquier promesa de justicia laboral colisiona de inmediato con la escasez de presupuesto.

Los países que han construido un Estado fuerte y próspero —como Singapur— aprendieron hace décadas una lección elemental: el desarrollo no se logra abaratando al servidor público. Pagar salarios competitivos similares al del sector privado en algunos casos, brindar herramientas de vanguardia y medir el desempeño con rigor no es un gasto sobrante, sino la mejor inversión para un servicio público de excelencia.

El movimiento en el IMSS no es una protesta aislada ni un complot de “algoritmos adversos” como dijo la presidenta; es el aviso de que la burocracia de campo en México ha llegado a su límite.

Seguir exigiendo resultados de primer mundo mientras se “amarra el cinturón” a costa del bolsillo y la dignidad de los trabajadores no es austeridad, sino la parálisis progresiva del propio Estado.

¿Se imagina una protesta de brazos cruzados de todo el sector burocrático exigiendo mejoras reales?… se nos cae más abajo el país.

EN FIN, por hoy es todo, mañana le seguimos si Dios quiere. Armando Vásquez Alegría es periodista con más de 35 años de experiencia en medios escritos y de internet, cuenta licenciatura en Administración de Empresas, Maestría en Competitividad Organizacional y Doctorando en Administración Pública. Es director de Editorial J. Castillo, S.A. de C.V. y de “CEO”, Consultoría Especializada en Organizaciones…                                                                                                                                                                                                                                   Correo electrónico:  archivoconfidencial@hotmail.com                                                                                                             https://www.facebook.com/armando.vazquez.3304