En Opinión/Mtro. Jesús Antonio García Ramírez

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En Opinión/Mtro. Jesús Antonio García Ramírez

 

ALEGRÍA, NEGOCIO Y DERRAMA

1. Consideraciones previas

El Mundial de Futbol genera alegría colectiva real y eso es legítimo. La calle se vuelve tribuna, el gol se vuelve rito y por 90 minutos el país respira al mismo ritmo. Esa dimensión social une sin pedir credencial. Pero detener el análisis en la emoción es hacerle el juego al relato oficial. Georg Lukács hablaba de “cosificación”: cuando las relaciones humanas se vuelven relaciones entre cosas.

En el Mundial el aficionado se cosifica cuando pasa de ser comunidad a ser cliente. Armand Mattelart documentó cómo FIFA y los consorcios mediáticos transforman la pasión en producto: venden la emoción, empaquetan la identidad y concentran la narrativa. Marx lo llamaba alienación: el espectador produce la fiesta con su tiempo, su dinero y su grito, pero el control del calendario, los derechos y las ganancias se los quedan otros.

El aficionado paga abono, suscripción, playera y pantalla, y termina viendo el partido que conviene al horario europeo, no al ritmo de su ciudad. La alegría existe, pero está dirigida por quien cobra la entrada. Antes de celebrar, hay que preguntar quién diseña la fiesta y para quién.

 

2. A manera de reflexión

La pregunta incómoda es esta: ¿a dónde va realmente la derrama económica? El discurso oficial promete hoteles llenos, restaurantes repletos, empleos temporales y “reactivación”. Sí hay derrama, pero es selectiva, temporal y mal repartida. Los estudios de Mundiales pasados muestran el mismo patrón: 70-80% de los ingresos por derechos de transmisión, patrocinios y marketing se los queda FIFA y los broadcasters globales.

El país sede invierte miles de millones en estadios, movilidad y seguridad. Esa inversión pública se convierte en deuda que paga el ciudadano por décadas. Los hoteles 5 estrellas y cadenas internacionales capturan la ocupación alta, pero la ganancia se repatria. Los negocios locales tienen 1 mes de venta, y después el estadio queda subutilizado. Mattelart lo explicó: la industria cultural global extrae valor de lo local para concentrarlo en el centro. La derrama llega, pero escurre rápido hacia FIFA, consorcios y 4 marcas globales.

Al aficionado le queda la deuda, al municipio le queda el mantenimiento, y a FIFA le quedan 6 mil millones de dólares en utilidades. Aristóteles decía que la virtud está en el término medio: ni euforia ingenua que justifica todo, ni rechazo total que niega la fiesta. El término medio es ver el Mundial con ojos críticos: vibrar con el gol, pero entender quién cobra la entrada.

 

3. Consideraciones finales

Primero: sí a la alegría colectiva, porque las sociedades necesitan símbolos que las unan. Pero alegría sin conciencia es consumo dirigido. Lukács nos recuerda que romper la cosificación empieza cuando el sujeto recupera conciencia de su papel.

Segundo: la salida no es abolir el Mundial, sino cambiar las reglas fuera de la cancha. Propongo 3 ejes constructivos:

  • Transparencia real: contratos públicos, auditoría ciudadana de cada peso invertido y cláusula de legado obligatorio para estadios y transporte.
  • Redistribución justa: que un porcentaje de derechos de transmisión y patrocinios se quede en fondos municipales para deporte de base, escuelas y mantenimiento. Si la comunidad produce la fiesta, la comunidad debe decidir sobre la fiesta.
  • Desmercantilizar el acceso: que el futbol vuelva a la plaza, a la escuela, a la transmisión abierta.

Tercero: el aficionado debe vibrar, pero no ser mercancía. Aplaudir a la selección, pero exigir que el estadio no quede vacío y endeudado. Marx nos dejó la tarea: si producimos la fiesta, debemos decidir sobre la fiesta. Cierre: el Mundial pasa, pero lo que queda después dice qué sociedad somos. Una que celebra junta y exige cuentas, o una que aplaude sola mientras otros cuentan el dinero.