Olor a Dinero/Feliciano J. Espriella

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Olor a Dinero/Feliciano J. Espriella

 

EL ZAFARRANCHO CONTRA NOROÑA NO FUE FORTUITO

Si usted que está leyendo esta entrega vio uno o varios de los videos del zafarrancho provocado por el tal Alito —líder vitalicio del agónico PRI— el pasado miércoles, al cierre de la última sesión de la Comisión Permanente del Congreso de la Unión, y cree honestamente que aquello fue un exabrupto producto del calor de los debates, le haré una recomendación: mejor ahórrese esta lectura. Si ni a sus propios ojos es capaz de creerle a la realidad, menos me va a creer a mí.

Pero si no ha visto ningún video y solo se guía por lo que le han contado los López Dóriga y demás fauna chayoteril, y concluye que el desmadre fue culpa de los morenistas, con Noroña como chispa, entonces lo más recomendable es que se afilie al PUP. Allí encontrará a decenas de miles de almas tan o más ingenuas que usted.

Aclaro: PUP no significa Potentially Unwanted Program ni “pup” como cachorro. Se trata de una ocurrencia filosófica con humor y crítica social que Hermenegildo L. Torres lanzó hacia 1958, inspirada en la máxima socrática “solo sé que no sé nada”. Si la duda persiste, consulte con San Google, que seguro lo ilumina.

Una operación de manual

Ahora, pasemos a los hechos. Porque si uno observa con calma los videos, incluso desde antes de que estallara el supuesto “acaloramiento”, se ve con claridad que aquello fue una operación con tácticas militares. El Himno Nacional de fondo apenas disimulaba la maniobra: rodear a Fernández Noroña por ambos flancos y por la retaguardia. Como en cualquier manual de guerra.

Existe una fotografía reveladora: seis priístas en formación cerrada alrededor del diputado. Tres de ellos ni siquiera forman parte de la Comisión Permanente, por lo tanto no tenían por qué estar ahí, y mucho menos encaramarse en la tribuna. Pero allí estaban, como refuerzos de emergencia, listos para la trifulca.

A la izquierda (vista de frente), aparecen Manuel Añorve, coordinador del PRI en el Senado, y Rubén Moreira, mandamás de la bancada en San Lázaro. Ambos jugaron un papel pasivo, aunque Moreira no pudo evitar amedrentar con gestos y señalamientos al fotógrafo Emiliano González, quien terminaría en el suelo con collarín por la brutalidad de los “soldados” priistas. Detrás y a la derecha se encontraban los verdaderos “acarreados de lujo”: diputados sin asiento en la Permanente, pero muy activos a la hora de patear al camarógrafo y entorpecer la salida de Noroña.

El estratega y su comandante

¿Quién diseñó la estrategia? Todo apunta a Rubén Moreira. ¿Quién ejecutó como comandante en el terreno? El diputado Carlos Eduardo Gutiérrez Mancilla, presidente de la Comisión de Juventud, cuya energía no se fue precisamente en proyectos para jóvenes, sino en jugar a comando de asalto dentro del Congreso. Los videos muestran que intercambiaba miradas con Moreira, en lo que bien pudo ser una coordinación de movimientos.

Su actuación fue central: primero se colocó estratégicamente detrás de Noroña; luego, cuando la senadora Dolores Padierna señaló con el brazo la ruta de salida, Gutiérrez Mancilla se movió para bloquearla. Estaba claro que el objetivo era impedir la retirada de su blanco. La suerte lo distrajo cuando el fotógrafo cayó al suelo: el priista se inclinó y le clavó un codazo en el cuello, golpe que lo dejó lesionado. Pero enseguida retomó su papel: persiguió a Noroña, lo sujetó del abrigo y le soltó un puñetazo en la cabeza. Todo registrado en video.

Los peones del operativo

Los acompañantes no se quedaron atrás. Eruviel Alonso Que se ensañó a patadas con el fotógrafo caído, mientras Pablo Angulo Briceño, otro que no forma parte de la Permanente, repartía golpes y empujones para reforzar el cerco contra Fernández Noroña. Una coreografía de violencia que no deja lugar a dudas: aquello no fue espontáneo, fue un montaje cuidadosamente planeado.

Y todavía quedan preguntas incómodas: ¿qué hacían tres legisladores que no forman parte de la Permanente en plena tribuna? ¿Quién les dio la orden de ocupar un espacio que no les correspondía? ¿Por qué nadie los detuvo ni les pidió que se retiraran? Y sobre todo: ¿por qué la senadora Lilly Téllez, especialista en provocar y azuzar el clima de violencia, se retiró del recinto minutos antes de que estallara el zafarrancho? ¿Casualidad, presagio… o simple coordinación del libreto?

La narrativa del engaño

Como suele ocurrir, el aparato mediático salió a intentar enderezar el cuento. Ahí estaban los corifeos de siempre, los que nunca pierden el bono de lealtad al viejo régimen, presentando el espectáculo como una gresca común y corriente, un episodio más de “ánimos caldeados”. Pero no. Cuando hay cerco, mandos, peones y víctima designada, eso no es fortuito: es estrategia.

El PRI, reducido a escombros, parece aferrarse a lo único que sabe hacer: montar emboscadas, fabricar montajes y servirse de la violencia para suplir la falta de votos, de ideas y de futuro. Que nadie se llame sorprendido: no es la primera vez que lo hacen, ni será la última. Lo único nuevo es que ahora queda todo grabado, compartido y exhibido en segundos. Y aun así, todavía hay quienes se niegan a ver lo evidente.

Epílogo

El zafarrancho contra Noroña no fue fortuito. Fue un atentado político, con disciplina de cuartel y espíritu de porra, ejecutado en la tribuna del Congreso por un partido que agoniza, pero que no renuncia a la vieja escuela del garrote. Y si algo demuestra este episodio es que, mientras existan Alitos y Moreiras dispuestos a disfrazar la violencia de debate, la política mexicana seguirá caminando sobre una cuerda floja: la que separa la democracia de la barbarie.

Me despido con un comercial: sintonicen a las 6:10 AM, “La Caliente” 90.7 FM., el colega y amigo José Ángel Partida me abre un espacio en su noticiero en el que comentaremos con más detalle esta columna. ¡No se lo pierdan!

Por hoy fue todo, gracias por su tolerancia y hasta la próxima