ASPIRANTES POR PROXIMIDAD, NO POR CAPACIDAD
En entregas anteriores abordé el tema de la sucesión en Hermosillo. En varias columnas escribí sobre nueve aspirantes que, a principios del pasado mes de marzo, en opinión de politólogos y analistas, podrían obtener la candidatura de sus respectivas fuerzas políticas.
En ninguna de esas publicaciones puse en tela de duda la capacidad de dichos aspirantes para ejercer el cargo. Todos, con sus claroscuros, tienen algo que mostrar: experiencia previa, responsabilidades asumidas, decisiones tomadas —bien o mal—, pero tomadas al fin. Es decir, currículum. Trayectoria. Historia.
Pero claro… eso, en política, a veces estorba.
Porque cuando el tablero empieza a perfilarse con cierta lógica, nunca falta quien decide que lo verdaderamente disruptivo es ignorarla.
Y así, como quien no quiere la cosa, aparecen en escena Paulina Ocaña y Fernando Rojo de la Vega.
Nuevos. Frescos. Inmaculados.
Tan inmaculados, de hecho, que su principal mérito no es lo que han hecho… sino con quién se llevan.
Porque si algo explica su súbita irrupción en la conversación pública no es una trayectoria deslumbrante ni una gestión que haya dejado huella, sino su cercanía con el gobernador Alfonso Durazo.
Y en los tiempos que corren, eso pesa más que cualquier currículum.
Ahora bien, uno podría pensar: “bueno, son aspiraciones, hay muchos, no pasa nada”.
Sí… pero no.
Porque no estamos hablando de candidatos de relleno ni de figuras testimoniales. Estamos hablando de perfiles que, bajo las siglas de Morena, podrían llegar —y no precisamente sufriendo— a la presidencia municipal.
Dicho sin rodeos: no es un juego, es una posibilidad real de gobierno.
Y ahí es donde la cosa deja de ser graciosa.
Porque gobernar Hermosillo no es enchílame estas. No es un taller de capacitación en servicio público ni una pasantía con presupuesto ilimitado.
Es una ciudad compleja, demandante y —por momentos— ingobernable.
Una ciudad endeudada hasta niveles que obligan a hilar fino en cada decisión financiera. Una ciudad donde el agua no alcanza, no llega o llega cuando quiere, en pleno desierto. Una ciudad donde circular implica, en muchos casos, esquivar más baches que semáforos.
Pero fuera de eso, todo bien.
Y justo en ese contexto es donde se nos propone —con toda seriedad— que perfiles sin experiencia en la administración pública puedan asumir la responsabilidad.
De Paulina Ocaña, más allá de un apellido respetado —y sí, respetado—, lo cierto es que no hay elementos visibles que permitan suponer que está lista para gobernar una capital estatal. Su ascenso ha sido tan rápido que ni tiempo ha dado de entender exactamente por qué.
Un caso de estudio… pero no necesariamente de mérito.
En cuanto a Fernando Rojo de la Vega, su experiencia en el sector privado es indiscutible. Pero convendría recordar algo elemental: dirigir una empresa no es lo mismo que gobernar una ciudad. Y menos una como Hermosillo, donde el margen de error no es financiero… es social.
Aquí no se trata de descalificar personas por deporte. Se trata de algo más básico: sentido común.
Porque lo que se está planteando, en los hechos, es que la cercanía política puede sustituir la experiencia. Que la lealtad pesa más que la capacidad. Que el acceso al poder es, en sí mismo, una credencial suficiente.
Y lo más delicado: que eso podría bastar para ganar.
Porque si Morena decide, Morena empuja. Y cuando empuja, suele avanzar.
Así que no, no es una ocurrencia aislada. Es una posibilidad concreta de que Hermosillo termine gobernado por alguien que llegue a aprender… ya en el cargo.
Una especie de “curso intensivo” de administración municipal, pero con presupuesto público, problemas reales y ciudadanos como conejillos de indias.
Nada podría salir mal.
El problema es que ya sabemos que sí puede.
Y cuando eso ocurre, no hay sarcasmo que alcance.
Porque al final del día, los errores de aprendizaje no los paga quien los comete.
Los paga la ciudad.
Por hoy fue todo.
Gracias por su tolerancia y hasta la próxima

