Olor a Dinero/Feliciano J. Espriella

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Olor a Dinero/Feliciano J. Espriella

 

HERMOSILLO NO ESTÁ PARA CURVAS DE APRENDIZAJE

La eventual candidatura de Fernando Rojo de la Vega a la alcaldía de Hermosillo abre un debate sobre experiencia, autonomía política y conocimiento real del territorio. Gobernar una capital con problemas estructurales no admite improvisaciones ni aprendizajes sobre la marcha.

Cuando alguien llega a una posición de poder relevante por situaciones al margen de sus resultados personales o de una trayectoria lógica, no es otra cosa que un accidente. Y es lo que, desde mi perspectiva, le sucedería a Hermosillo si Fernando Rojo de la Vega lograra sus propósitos de gobernar la capital de Sonora.

La tesis de que la llegada de Fernando Rojo de la Vega a la alcaldía de Hermosillo podría convertirse en un “accidente” político para la ciudad se sostiene en tres factores críticos: la inexperiencia en el mando directo, el riesgo de desconexión social y la dependencia de una estructura estatal que no siempre entiende la dinámica local.

El riesgo del “primer empleo” en la capital

Fernando Rojo de la Vega es presentado como parte de la llamada “Sub 27”, una nueva generación de políticos formados bajo la sombra del gobernador Alfonso Durazo. Sin embargo, los datos son fríos: la Secretaría del Bienestar representa su primer cargo público relevante.

Y eso importa.

Hermosillo no es un laboratorio de prácticas profesionales. Es una ciudad con rezagos históricos, una deuda pública superior a los mil 600 millones de pesos y enormes desafíos operativos diarios: agua, pavimentación, movilidad, seguridad y servicios públicos.

En periodismo solemos llamarlo “el riesgo de la curva de aprendizaje”. Mientras un funcionario aprende cómo funcionan las tripas administrativas de una ciudad, los problemas no se detienen; al contrario, se agravan.

Rojo de la Vega ha dicho que en la Secretaría ha “aprendido mucho”. Seguramente sí. Pero gobernar la capital de Sonora no es una beca académica ni un seminario administrativo: es una responsabilidad ejecutiva de alto impacto que exige experiencia, oficio político y capacidad inmediata de respuesta.

El antecedente del conflicto: desconexión con el territorio

Los accidentes políticos normalmente mandan señales previas. En el caso de Fernando Rojo de la Vega, el episodio del proyecto “Viviendas para el Bienestar” en el poniente de Hermosillo resulta particularmente ilustrativo.

La intención de construir vivienda popular en una zona residencial se decidió desde oficinas centrales, sin un diagnóstico social serio y sin medir el rechazo vecinal que inevitablemente provocaría. El resultado fue un frente ciudadano combativo que terminó obligando a reubicar el proyecto.

El problema no fue solamente político. Fue de lectura territorial.

Cuando un gobierno toma decisiones sin entender la composición social, urbana y cultural de las colonias, lo que genera es conflicto, polarización y desgaste institucional.

Ese episodio deja una pregunta legítima: si desde una secretaría no logró anticipar el choque social, ¿qué ocurriría desde la alcaldía cuando tenga en sus manos proyectos de mayor impacto urbano, presupuestal y político?

Porque gobernar Hermosillo no consiste en ejecutar instrucciones desde arriba. Consiste en escuchar, negociar, anticipar conflictos y construir consensos.

¿Alcalde o delegado del gobernador?

Aquí aparece quizá el tema más delicado.

Las versiones políticas y mediáticas describen a Rojo de la Vega como un hombre extremadamente cercano al círculo del gobernador y su familia. Más que un liderazgo independiente, se le percibe como parte de una estructura política construida desde Palacio.

Y eso inevitablemente abre dudas sobre la autonomía municipal.

Hermosillo necesita un alcalde que defienda los intereses de la ciudad incluso cuando éstos choquen con decisiones del gobierno estatal o federal. Necesita alguien que tenga voz propia y margen de maniobra político.

La historia política mexicana demuestra que cuando los ayuntamientos se convierten en simples extensiones del Ejecutivo estatal, los servicios públicos y las necesidades ciudadanas suelen quedar subordinados a la narrativa política del grupo gobernante.

El riesgo es evidente: que el Ayuntamiento termine funcionando más como oficina operadora de programas que como gobierno municipal autónomo.

La ausencia de fogueo electoral

Hay otro detalle que no debe minimizarse.

Fernando Rojo de la Vega ha sido hasta ahora un político de escritorio, de estructura y de designación. Ha coordinado campañas importantes —incluida la de la presidenta Claudia Sheinbaum en Sonora—, pero nunca ha enfrentado personalmente una elección en la que tenga que pedir el voto para sí mismo.

Y eso también pesa.

No es lo mismo operar campañas que exponerse al juicio directo del electorado. No es lo mismo administrar programas que caminar colonias bajo presión política cotidiana.

Los políticos que llegan únicamente impulsados por el “dedazo” suelen desarrollar mayor compromiso con quien los designa que con los ciudadanos que eventualmente los eligen.

Por eso Hermosillo debe preguntarse con seriedad si puede darse el lujo de convertir la alcaldía en un experimento generacional o en una extensión administrativa de un proyecto político estatal.

Porque los accidentes políticos, cuando ocurren en ciudades grandes, suelen salir muy caros.

Por hoy fue todo.

Gracias por su tolerancia y hasta la próxima.