Más Allá de la Política/Wendy Briceño

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Más Allá de la Política/Wendy Briceño

 

EL DERECHO A UNA CIUDAD QUE NOS CUIDA

¿Qué necesita una ciudad para que sus habitantes puedan vivir en ella sin miedo, con confianza y tranquilidad?

Para algunas personas, la seguridad de una ciudad comienza cuando llega una patrulla en el mínimo tiempo o para otras eso depende de numerosas cámaras instaladas en una calle.

Al momento de dialogar con vecinos y vecinas de diversos barrios de Hermosillo, también me han expresado que tiene que ver con la posibilidad de caminar por una banqueta, esperar el transporte público, atravesar un parque, volver del trabajo por la noche, o sencillamente salir a caminar sin sentir miedo. Es decir, tiene que ver con la posibilidad de habitar el espacio público.

Estas opiniones nos obligan a mirar con mayor atención que la percepción de inseguridad no se distribuye de manera homogénea.

En junio de 2026, la percepción de inseguridad en la ciudad se ubicó en 43.2 por ciento, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del Inegi. Pero mientras en el centro de la ciudad se percibe un 46.6 por ciento de inseguridad, en la zona norte alcanzó el 67.5 por ciento.

La ciudad, entonces, no se siente igual desde todos sus barrios. Y cuando la experiencia de la seguridad tiene una geografía, tenemos que preguntarnos también qué características tienen esos territorios.

Hace más de sesenta años, Jane Jacobs cuestionó la manera en que el urbanismo moderno había comenzado a pensar las ciudades como espacios que debían ser ordenados desde arriba, separando funciones y privilegiando el movimiento de los automóviles.

Frente a esa mirada, defendió que las calles necesitan personas. Sus famosas “ojos en la calle” no eran una propuesta de vigilancia permanente, sino una manera de explicar que la presencia cotidiana de quienes viven, trabajan, compran, caminan y conviven en un barrio genera condiciones de seguridad. Una calle con viviendas habitadas, comercios abiertos, banquetas transitables y actividad a distintas horas es distinta de una calle vacía, oscura y aislada.

Esta idea resulta particularmente importante para Hermosillo.

Durante años hemos pensado la seguridad como un problema que puede resolverse aumentando la capacidad de respuesta de la policía, y por supuesto es prioritario contar con una policía profesional, equipada, cercana y capaz de responder con rapidez ante una emergencia.

Pero una ciudad no puede construir toda su seguridad desde la emergencia. Necesita también construir las condiciones que disminuyen el miedo y previenen el conflicto antes de que llegue a convertirse en delito.

Por eso el concepto de policía de proximidad resulta tan relevante. No se trata simplemente de tener una patrulla asignada a una colonia, sino de construir una relación permanente entre quienes representan a la autoridad y quienes habitan el territorio.

Un policía de proximidad debería conocer su sector, reconocer a sus comerciantes, saber cuáles son los puntos donde se producen conflictos, identificar los espacios abandonados, escuchar a las escuelas, conversar con las organizaciones vecinales y comprender que cada colonia tiene una historia y una dinámica particular.

La proximidad no es solamente estar cerca físicamente: es conocer.

Parte del reto, es que la proximidad no dependa de una administración, de un programa con nombre propio o de la voluntad particular de un funcionario, sino que se convierta en una política pública permanente, evaluable y con continuidad entre gobiernos.

Hay algo más que debemos comprender: la policía de proximidad no puede sustituir al urbanismo de proximidad.

Una colonia segura necesita también iluminación, banquetas, parques cuidados, transporte accesible, calles transitables, espacios comunitarios y servicios públicos que funcionen. Necesita que una persona pueda caminar hasta una tienda, una escuela o una parada de autobús sin tener que atravesar un baldío, una vialidad imposible o una calle completamente oscura. Necesita que el espacio público esté habitado y que quienes lo habitan puedan reconocerlo como propio.

Aquí es donde la seguridad se encuentra con el derecho a la ciudad. Si una mujer deja de utilizar un parque porque tiene miedo; si una persona mayor evita salir de noche porque las banquetas están destruidas; si una adolescente no puede caminar hasta la parada del transporte porque debe atravesar una zona sin iluminación; si una familia deja de ocupar una plaza porque ha sido abandonada, entonces algo más que la seguridad está fallando. Estamos perdiendo el derecho a habitar plenamente la ciudad.

La seguridad, vista desde esta perspectiva, deja de ser un asunto exclusivamente policial y se convierte en una responsabilidad compartida entre distintas políticas públicas.

La iluminación es seguridad. El transporte es seguridad. El mantenimiento de un parque es seguridad. Una banqueta continua es seguridad. Una escuela abierta a su comunidad es seguridad. Un comercio de barrio que mantiene viva una calle es seguridad. Y también lo es una policía que conoce a quienes viven en ella y puede intervenir antes de que un conflicto escale.

Esto es particularmente importante en una ciudad extensa como Hermosillo, donde las distancias entre vivienda, empleo, escuela y servicios pueden hacer que la vida cotidiana dependa demasiado del automóvil.

Cuando una ciudad obliga a recorrer grandes distancias para satisfacer necesidades básicas, también aumenta los espacios de vulnerabilidad: los trayectos largos, las esperas, las zonas de transición, las calles sin actividad y los lugares donde la ciudad deja de acompañarnos.

Por eso debemos dejar de pensar la seguridad solamente como aquello que ocurre cuando algo malo sucede. Una política verdaderamente preventiva empieza mucho antes.

Y hablando de prevención: una ciudad de cuidados es, también, una ciudad que previene el miedo. Quizá en ello reside uno de los mayores desafíos para Hermosillo: no construir una ciudad en la que las personas tengan que aprender a defenderse de su propio espacio público, sino una ciudad que haga del espacio público una extensión de la comunidad.

Necesitamos policías que conozcan los barrios, pero también gobiernos que conozcan los barrios; necesitamos patrullas, pero también banquetas; necesitamos cámaras, pero también ojos en la calle; necesitamos capacidad de reacción, pero sobre todo capacidad de prevención.

No basta con vigilar una ciudad. Hay que hacerla habitable. Esa es, finalmente, una ciudad para la vida.