Olor a Dinero/Feliciano J. Espriella

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Olor a Dinero/Feliciano J. Espriella

 

EL”BUMERÁN” FINANCIERO QUE FORTALECIÓ A TOÑO ASTIAZARÁN

La reciente ofensiva contra Toño Astiazarán por la deuda pública terminó exhibiendo ignorancia, incongruencia y, de paso, fortaleciendo su narrativa de gobierno sin endeudamiento.

Si el oficialismo, los lamebotas del sistema, los sicarios de palacio y Morena querían catapultar la popularidad de Toño Astiazarán y destacar que la monumental obra de gobierno realizada durante su administración se ha ejecutado sin comprometer a las generaciones futuras con endeudamiento, lo hicieron de manera magistral.

Porque pocas veces se ha visto una ofensiva política tan torpemente diseñada como la que se desató en Hermosillo en torno al tema de la deuda pública. Y es que, cuando la estrategia se construye sobre medias verdades —o francamente sobre ignorancia—, el resultado suele ser el contrario al buscado: el ataque termina convirtiéndose en propaganda gratuita.

El argumento central de los críticos ha sido repetido hasta el cansancio: Hermosillo tiene una deuda pública elevada, cercana a los mil 600 millones de pesos, y eso —según ellos— es prueba del “bache financiero” en el que se encuentra el municipio bajo la actual administración. Hasta ahí, el dato puede ser cierto. El problema es lo que deliberadamente omiten: esa deuda no fue contratada por el gobierno de Astiazarán.

Es decir, acusan al inquilino de una casa por los recibos vencidos que dejaron los anteriores ocupantes. Pero no solo eso: el mismo inquilino no ha pedido prestado un solo peso adicional y, además, ha empezado a pagar lo que otros dejaron tirado. En números simples: la deuda heredada se ha reducido en aproximadamente 100 millones de pesos.

Pero claro, ese pequeño detalle técnico arruina la narrativa.

Y aquí es donde entra el ingrediente más interesante de esta historia: la defensa, poco común pero contundente, de la tesorera municipal, Flor Ayala Robles Linares. Lejos del perfil técnico discreto que suele caracterizar a estos cargos, Ayala decidió salir al ruedo y ponerle nombre a lo que estaba ocurriendo: politiquería.

Su frase, ya célebre en ciertos círculos, fue una joya de pedagogía política: mandar “de regreso a la primaria” a quienes no son capaces de leer un estado financiero básico. Y, viendo el nivel del debate, quizá se quedó corta.

Porque los datos que ha puesto sobre la mesa son difíciles de refutar con consignas:

Primero, la calificación crediticia del municipio ha mejorado sustancialmente. Fitch Ratings ha elevado siete escalones la evaluación de Hermosillo desde 2021, sacándolo de una situación de riesgo hacia un terreno mucho más estable. Eso no ocurre en administraciones desordenadas.

Segundo, la ciudad ha logrado reducir su dependencia de recursos federales. Hoy, una mayor proporción de sus ingresos proviene de recursos propios, impulsados por un aumento notable en la base de contribuyentes cumplidos. Traducido: más ciudadanos pagando y menos dependencia del centro.

Tercero —y este es el punto que más duele a los críticos—, las obras que hoy se presumen no se financiaron con deuda. Pasos a desnivel, rehabilitación de espacios públicos como El Cárcamo, patrullas eléctricas… todo ello ejecutado sin recurrir al viejo y cómodo recurso de pedir prestado y dejar la factura a quien sigue.

Pero el golpe de realidad no termina ahí.

La incongruencia se vuelve evidente cuando se contrasta este discurso con lo que ocurre a nivel estatal. Mientras el municipio ha reducido plazos y montos de su deuda, el gobierno estatal optó por extender los suyos. Es decir, lo que en Hermosillo se critica, en otros niveles de gobierno se practica… pero con aplausos incluidos.

Así funciona la política cuando la narrativa importa más que los números.

Por eso, el intento de instalar la idea de un “bache financiero” terminó convirtiéndose en un bumerán. En lugar de debilitar al alcalde, le ofreció una plataforma inmejorable para exhibir resultados: una administración que invierte, que paga, que mejora indicadores… y que, sobre todo, no se endeuda.

La dirigente estatal de Morena, Judith Armenta Cota, ha insistido en señalar desorden financiero y en atribuir la deuda al gobierno actual. El problema es que repetir una afirmación no la convierte en verdad, y menos cuando los datos van en sentido contrario.

Al final, la lección es simple, aunque parezca complicada para algunos: en política, como en las finanzas, los números importan. Y cuando se ignoran, el costo no solo es la credibilidad… sino el ridículo.

Porque sí: en este caso, el intento de golpear terminó fortaleciendo.

Y no hay peor error estratégico que ese.

Por hoy fue todo.

Gracias por su tolerancia y hasta la próxima.