CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Nadie le dice hitleriano al presidente de Estados Unidos por descuido.
Esa es la primera clave para leer la carta que Andrés Manuel López Beltrán le mandó a Donald Trump el jueves desde Teapa, Tabasco: cada adjetivo está puesto donde duele y con la dosis exacta. Estilo hitleriano. Jefes de pandillas. Canallada burda y perversa. Y al final, para que no quede duda de que se trata de una invitación y no de un desahogo, dos preguntas directas al destinatario, con la cortesía de aclararle que no lo tome como un desafío —que es la manera más antigua que existe de desafiar a alguien—.
Andy no escribió esa carta para que la lea Trump. La escribió para que Trump conteste. Y sabe, como sabe cualquiera que haya visto un teléfono en los últimos diez años, que si algo produce ese señor con una regularidad de reloj suizo es la respuesta desproporcionada. Un insulto de vuelta, una amenaza arancelaria, una línea sobre el hijo del expresidente comunista: cualquier cosa serviría. Cualquier cosa lo convertiría, en una tarde, de político señalado en mexicano agraviado. El cálculo no es tonto. Es, de hecho, el único movimiento disponible cuando uno no tiene nada más que ofrecer.
Porque conviene no perder de vista el tamaño exacto del agravio. A Andy López Beltrán, hijo del expresidente, aspirante a diputado federal por Tabasco, el gobierno de Estados Unidos le canceló un documento administrativo que sirve para entrar a Estados Unidos. No lo detuvieron. No lo acusaron. No le tocaron un peso ni un derecho ni una hora de libertad en el país donde vive y donde quiere ser candidato. Le negaron el permiso de visitar un país que —lo dice él mismo, en la misma carta, con una serenidad que sería admirable si no fuera tan trabajada— no le interesa visitar.
Lo que Andy quiere no es la visa. Lo que Andy quiere es un desafuero.
Y ahí empieza el problema, porque para que a uno lo desaforen hace falta, primero, tener fuero. Renunció a la Secretaría de Organización de Morena en mayo, todavía no es candidato, no ocupa ningún cargo público. No hay nada que quitarle. La víctima ni siquiera califica para el papel.

